Por Olazabal, justo entre Freire y Zapiola, hay un zaguán viejo que se ve desde la calle. Es largo y siempre esta plagado de hojas secas, manteniéndose en un estado de perpetuo otoño.
Al final del pasillo, vive una bruja.
Ella esta ahí desde que tengo memoria, desde que era un pibe. Al principio, pensé que era la típica viejecita (siempre fue una anciana) de barrio, de esas que se dedicaba a alimentar a los gatos callejeros de la zona.
En mi defensa, siempre la vi haciendo eso, aunque su cariño no se extendía solamente a los felinos: cada vez que pasaba al frente del zaguán con Sid, un border collie que esta conmigo desde mi adolescencia, ella siempre salía a recibirnos y le ofrecía un tarro de agua fresca.
En otra ocasión, vi como manejaba con delicadeza a una paloma con un ala rota y se la llevaba a la puerta al final del zaguán, solo para volver y aparecer con una escalera para buscar entre las ramas de un árbol cercano y encontrar un nido escondido entre ellas, y llevárselo para su casa.
Sin embargo, con las personas tenía un trato distinto. Si yo me la cruzaba sin estar con Sid, ni me dirigía la palabra. La vi mas de una vez discutir y putearse con los vecinos y transeúntes, haciendo que se gane el título de “La loca del barrio”.
Recuerdo que para cuando yo comencé a ir al secundario, hubo una gran movida inmobiliaria por la zona, y muchos edificios y terrenos fueron vendidos, demolidos y reconstruidos. En la cuadra de Olazabal entre Freire y Zapiola se vendieron todas las propiedades. Todas salvo el zaguán. Cada vez que se escuchaba un portazo, siempre se veía salir del pasillo a un hombre de negocios decepcionado. Luego de unas semanas de ver entrar y salir a agentes inmobiliarios, mientras paseaba al perro, la encontré a ella garabateando símbolos en el pórtico del zaguán con lo que parecía una tiza roja, todo esto mientras tarareaba una canción lúgubre en un idioma que no lograba reconocer. A día de hoy me acuerdo como Sid empezó a gimotear y escondió su cola entre las patas cuando nos acercamos. Al reparar en el, ella lo reconforto en ese idioma desconocido, cosa que pareció tener un efecto positivo en Sid, que comenzó a saltar de alegría de un momento a otro. Cuando nos alejamos lo suficiente (casi hasta llegar a la esquina) ella retomo su tarea.
Los hombres de negocios no la volvieron a molestar luego de ese día..
Cuando yo tenía dieciséis años, pude ver qué había detrás de la puerta al final del zaguán.
Era el verano del 2002, y como siempre hacia el recorrido habitual para pasear a Sid, cruce al frente de su casa mientras ella volvía a llenar los recipientes con agua para los animales callejeros.
Al pasar frente a ella, dejo de hacer lo que estaba haciendo y se arrodillo frente a Sid. Mientras lo acariciaba la cabeza con compasión materna, me dijo sin apartar los de mi perro: “Esta enfermo. Pasate por mi casa cuando falte una hora para la salida del sol y puede que te de algo para curarlo”.
Le agradecí y le dije que lo tendría en cuenta, y seguí con mi paseo matutino, asumiendo que era uno de sus muchos desvaríos de vieja senil.
Tres semanas después, luego de que Sid vomitara rojo, lo llevamos al veterinario y nos informó que tenía cáncer intestinal. El tratamiento nos costaba mucho mas de lo que podíamos pagar, y aún así no había garantía de que lo ayudara. Parecía que Sid no llegaría a los siete años.
Creo que jamás voy a olvidar la primera vez que cruce el umbral de la bruja.
Fue una madrugada de verano, a las dos semanas de que el veterinario me haya dicho que mi perro se estaba muriendo.
Yo me había bajado del colectivo en Balbín luego de una noche llena de ginebra en un intento de ahogar la tristeza, y estaba caminando por Olazabal cuando me encontré a la entrada del zaguán. Al final del mismo, se podía ver luces encendidas a travez de la ventanita del la puerta.
A día de hoy, me pregunto porque me metí en el zaguán, pero creo que jamás podre justificar mi accionar en aquella noche de verano. Sería como intentar explicar por qué hacemos las cosas en los sueños. Simplemente suceden.
Lo único que recuerdo con claridad es el crujir de las hojas secas bajo mis zapatillas y el frio otoñal que reinaba entre esas paredes invadidas por una enredadera. Mi memoria llega hasta que gire el picaporte, ya que lo que le sigue, no es mas que un delirio febril en mis recuerdos.
Lo único que puedo evocar de esa noche en estos momentos, es que en vez de encontrarme con el interior de un hogar al cruzar la puerta, lo que vi fue un paisaje de túmulos en un bosque bajo las estrellas.
Escuche su voz, que provenía de todos los lugares y de ninguno, preguntándome que estaba dispuesto a pagar para que Sid siguiera viviendo (aunque ella utilizo un nombre distinto, un nombre más real). Yo le respondí que estaba dispuesto a pagar con mi vida, a lo que ella se rio y me respondió que no seria necesario tanto, aunque si algo bastante similar: mi vitalidad, mi vigor.
Yo accedí sin dudarlo.
Mi siguiente recuerdo fragmentado es el de ella frente a mi, totalmente desnuda: pelo plateado y largo atado en una trenza gruesa, tetas arrugadas y caídas, pero grandes. Caderas anchas y un vello púbico desenmarañado y gris. Ella me despojo de mi ropa con una habilidad conseguida en años (o siglos, o tal vez mileños) de práctica.
Antes de que pueda advertirle de que no tenia forro, ella me tiro sobre la hierba fresca y con un hábil movimiento de caderas, siento su calor interno. A medida que ella se mueve para adelante y para atrás, deja de ser una anciana ante mis ojos y paso a ver a un ser de piel azulada, casi de zafiro, con un pelo dorado (no rubio ni de oro, dorado) y unos ojos de jade.
Cuando siento que estoy por llegar al éxtasis, le advierto que estoy por acabar e intento agarrarla por sus caderas pero ella me susurra una palabra en ese extraño idioma mientras me clava sus brillantes ojos verdes.
Lo último que recuerdo es tirar la cabeza para atrás mientras llegaba al orgasmo, y ver el firmamento estrellado con constelaciones imposibles.
Al día siguiente, me desperté con la madre de todas las resacas, y totalmente abatido. Termine sacando a Sid a eso de las cuatro de la tarde, y a medida que nos acercamos a la entrada del zaguán, la vi a ella esperándonos en la vereda mirándonos fijamente.
Cuando la tuve al frente, pensé en preguntarle si mis recuerdos de anoche eran parte de un sueño o realidad, pero ella me ignoro por completo y se arrodillo al lado de mi perro. Le susurro algo (de nuevo en ese idioma desconocido) y le planto un largo beso en la frente. A continuación, se dirigió a mi y me dijo que ahora viviría por varios años mas, y que cuando llegase el momento que su cuerpo cediese ante la implacable muerte, podía dejárselo a ella para que lo llevase a un lugar mejor. Hasta entonces, ella me dijo/ordeno que ignorase por completo su existencia.
Al decir esto último, yo asentí y me di cuenta que estaba hablando con la vieja loca del barrio y seguí mi camino, decidiendo que evitaría la calle en donde ella vivía de ahora en mas.
Sid se recupero milagrosamente de su condición y el veterinario barajo la idea de que el se había equivocado en su diagnostico. Ni perro viviría para llegar a sus veinte años.
Para cuando Sid estaba en las ultimas, yo ya tenía veintisiete y me había mudado a un departamento de Almagro, pero había vuelto para cuidar de la casa mientras mis viejos estaban de vacaciones y para hacerle compañía al perro, que como ya dije, estaba llegando al final de su vida.
En una de esas noches, agarré la correa para darle su paseada diaria (a esta altura, solo salía una vez al día y había que cargarlo para bajar y subir las escaleras) y vi en sus ojos que esta sería su ultima paseada.
Lo lleve sin correa, dejando que el caminase a su ritmo, hasta que se detuvo frente a la entrada del zaguán. Alguien había pintado un grafiti en la pared, retratando a una mujer de piel azul y un pelo dorado largo y arremolinado, que casi parecía una corona de alguna deidad hindú.
Desde aquella mañana milagrosa, en donde Sid había tenido su recuperación repentina, yo había ignorado (e incluso evitado) ese pasillo en donde incluso en verano, reinaba el otoño.
Fue en ese momento, cuando ambos mirábamos desde lejos a la puerta de roble al final del pasillo, que el hechizo se disipó, y luego de años volví a caminar por aquel zaguán alfombrado con hojas secas. Lo miré a Sid, y el me miro a mi, y los dos supimos que era hora de llegar al otro lado.
Con marcha solemne, nos dirigimos al final del pasillo mientras pateábamos las hojas secas y nos acercábamos al final del trayecto. Al llegar a la puerta, toque tres veces de forma fuerte y espaciada, y el picaporte giro al poco rato.
Lo que me recibió al otro lado del umbral no fue la anciana que me esperaba, sino una mujer joven, de pelo rubio casi blanco, ojos color esmeralda y una piel pálida como el mármol que era recorrida por un entramado de venas azules que se notaban en su totalidad gracias a la ausencia total de ropa. A su espalda un paisaje boscoso se extendía bajo un velo nocturno, en donde varios seres que se escapaban a mi vista se paseaban con libertad.
Cuando ella me miró a mi, y luego al viejo border collie que se encontraba al lado mío, supe que era el momento de despedirme.
Me arrodille junto a el, sostuve su cabeza con mis manos y le plante un largo beso en la frente. Le agradecí todos los momentos que me había regalado y luego de decirle que lo amaba, sentí como la garganta se me secaba y unas tibias lágrimas corrían por mis mejillas. El me lamio la cara mientras movía la cola, antes de alejarse al bosque eterno.
No sé cuánto tiempo estuve arrodillado mientras sollozaba, con mi rostro escondido entre mis manos, pero en un momento sentí una mano delicada en mi hombro y al levantar la mirada, la vi a ella contemplándome con compasión. Me dijo con un susurro similar a una brisa, que podría pasar a ver a Sid (aunque ella usó otro nombre) cuando yo estuviese por llegar al último de mis días.
Me afirmo que no tendría que esperar demasiado. Luego de decir esto, me ayudo a levantarme y me escolto a la calle.
Pasaron los años, el barrio cambió y yo me mude con mi mujer de nuevo a Belgrano, no lejos de mi antigua casa en donde pase mi infancia y adolescencia.
Cuando yo estaba por llegar a los cuarenta, me diagnosticaron cáncer intestinal. La doctora fue honesta conmigo y me dijo que incluso con quimioterapia (que costaría una fortuna), las posibilidades de que yo viviera para fin de año eran pocas. Me dijo que lo que mejor que podía hacer es poner mis asuntos en orden, empezar terapia si es que lo encontraba necesario, y ocupar el tiempo que me quedaba con mis seres queridos. Le agradecí por su sinceridad y le dije que eso es justamente lo que haría.
En el camino de vuelta a casa, empecé a ensayar lo que le diría a Vanina, mi mujer, cuando sin darme cuenta me encontré ante el umbral del zaguán de la calle Olazabal.
Con una sonrisa, y sin sentir el peso de la muerte sobre mis hombros, me dirigí a la puerta al final del pasillo, aquella que siempre tiene una luz encendida a través de una ventanita y es precedida por un ejército de hojas secas.
Golpee tres veces la vieja puerta de roble, y lo que me recibió al otro lado del umbral no fue ni una anciana ni una joven con cabello ceniciento: lo que se encontraba ante mi era aquel ser que me llevo al éxtasis aquella noche que era de otoño/verano. Con un movimiento grácil de su brazo de lapislázuli, me invito a que pasara a su bosque eterno.
Esta vez el sol estaba presente, pero se estaba ocultando entre la arboleda sin fin que conformaba el horizonte, empapando todo de un naranja cálido. A medida que me guiaba por senderos invisibles, descubría animales que creía extintos y otros que jamás hubiese imaginado que existieran: un grupo de dodos correteaban por entre las raíces de un sauce. Un tigre de Tasmania se rascaba la parte trasera de su oreja arriba de una roca. Una ave de fuego sobrevolaba por arriba de nuestras cabezas, y una manada de caballos alados se refrescaban en un arrollo. Vi a una criatura espeluznante con cara de hombre (aunque sus dientes no eran nada humanos), con cuerpo de león y cola de escorpión, acechándome desde la copa de los arboles, pero con un silbido mi anfitriona lo convenció de que me dejase en paz.
Al llegar a un claro entre el medio de la arboleda, un border collie disfrutaba de los últimos rayos de sol. Cuando grite su nombre, se le irguieron las orejas, me miro y se dirigió corriendo hacia mi, con esa cara de felicidad que solo son capaces de tener los perros.
Mientras lo abrazaba, no pude evitar pensar que una muerte temprana no era un mal precio a pagar, si esto es el resultado.