sábado, 13 de octubre de 2018

El pigmeo furtivo, tan fácilmente olvidado.

Creo que una forma muy efectiva de sacarle la ficha a alguien (saber cómo piensa, que ideales defiende) es viendo a que tipo de personajes narrativos idolatra y admira. Estos suelen reflejar una forma de pensamiento, que resuenan (o no lo hacen) con ciertas personas, e incluso con culturas enteras. Esto por supuesto, si nos alejamos un poco del plano general y nos acercamos al personal, es un concepto que esta en constante cambio, en eterna mutación. Al fin y al cabo, ¿Quién puede asegurar que la forma de ver al mundo es la misma que cuando se tiene trece años, a la que después termina desarrollando al llegar a los treinta? Me arriesgo a decir que nadie, porque todos cambiamos, incluso la gente mas básica, los que menos se cuestionan a si mismos, terminan con otra línea de pensamiento (sea por experiencias de vida, sea por leer, conocer gente nueva que te hace replantearte cosas, o sea simplemente por la tiranía del tiempo que roba la voluntad para mantenerte en el molde). Todos cambiamos, y con ello, cambian a que personaje de ficción ponemos en nuestro podio personal, consciente o inconscientemente.

Y si me permiten, déjenme contarles mi historia, que arquetipos me acompañaron, cuales se quedaron en el olvido, y quienes estuvieron siempre ahí, ocultos tejiendo sus historias.

Desde que era bien peque, recuerdo que sostenía en alta estima el arquetipo heroico. No es casualidad que mi superhéroe favorito cuando yo tenía cinco años era SuperMan, pese a que (viendo en retrospectiva al menos) yo conocía poco y nada de las características del personaje. Sabía que podía volar, sabía que era fuerte y sabía que le gustaba mirar a los malos desde arriba con los brazos cruzados y su quijada poderosa. Eso era lo único que me bastaba, no necesitaba encontrarle grandes motivaciones, simplemente me conformaba de que sea “el tipo bueno” que me mostraba la serie de dibujitos animados “Los Super Amigos”.

Eventualmente deje a Clark Kent (pasarían varios años antes de que conozca su verdadero nombre Kriptoniano), pero su huella había quedado en mi conciencia. Por gran parte de mi infancia y comienzos de mi adolescencia, me encontré cautivado por los relatos de caballeros y paladines, esos que son incuestionablemente puros y buenos, que representan la luz y luchan contra el mal en todas sus formas, sin clemencia, sin cuartel y sin misericordia. Esto claro, estaba altamente influenciado por otros factores, como el dejo de una crianza relativamente cristiana, haber nacido en una familia de clase media, y por supuesto, la sociedad y sus cientos de constructos.

Pero un personaje, medio a las escondidas, se infiltro en mi conciencia cuando era un nene de seis o siete años (mas o menos. Soy malo con fechas y edades). Yo apenas lo note por ese entonces, y serian unos cuantos años después cuando lo reconocería por lo que fue, es y será. Aunque pensando en retrospectiva, tiene todo el sentido su secretismo, porque el pertenece al grupo de personajes que engañan, que timan y que en varias ocasiones, usan infinidades de máscaras. El fue el primer trickster que me encontré.

Todo fue con la llegada de la primera PC a casa, que marcaba el comienzo del modernismo (porque en ese momento, no era tan común tener una computadora personal en casa de familia, no en Argentina al menos). Mis viejos, aunque limitando el uso que le dábamos a la pc mis hermanos y yo, nos consiguieron un par de programas y juegos para que nos vayamos familiarizando con el aparato. Fueron varios, algunos que no recuerdo, y otros que los tengo grabados para siempre en mi memoria (uno de ellos fue el mítico Age of Empires, pero eso es una historia para otro momento), pero entre ellos, había un disco que era una suerte de enciclopedia virtual del mundo animal. El nombre se perdió en el tiempo, pero recuerdo que consistía en un mapamundi, que te llevaba por distintas regiones del mundo, en donde un elenco de distintos personajes te presentaban mediante audios, fotos y texto los distintos animales de la zona, con sus datos básicos, y sus leyendas locales. El elenco en cuestión estaba formado por distintos tipos de personajes, desde la científica asiática, el veterinario Yanqui, y una suerte de montaraz australiano.

Este último es el que mas me llamaba la atención: con su sombrero de ala doblada, y un cinturón de dientes de cocodrilo que coronaba al mismo, un chaleco de cuero oscuro y un bigote tupido, parecía un hombre que había juntado mucho kilometraje debajo de sus pies.

En una de sus cuantas lecciones, en el continente africano, contaba una fábula antigua. Los detalles de la misma son difusos a la hora de escribir esto (explicaba los orígenes de un río, aunque podría equivocarme), pero el detalle que hasta el día de hoy esta conmigo, es la ultima frase de la lección: “Cuando cuentes esta historia, recuerda decir que le pertenece a Anansi, la araña teje cuentos. Pues a él le pertenecen los relatos”.

Cada vez que escuchaba esa parte, algo no me cerraba ¿Por qué Anansi era una araña? Como estaba aprendiendo con esa enciclopedia, África esta llena de animales mucho mas grandes e imponentes que un arácnido pequeño: Leones, elefantes, rinocerontes y cheetas. ¿Cómo era que alguien tan pequeño, tan pigmeo, podría tener suficiente poder como para ser dueño de las historias? Se suponía que aquellos que manejaban tal poder eran los grandes, los fuertes: dragones, caballeros en brillante armadura y espadas enormes, superhéroes que podían volar y bajar de una trompada a una montaña.

Me sacudí (o al menos eso creí) a Anansi de encima, considerándolo como una mera curiosidad, aunque nunca le contaba sus historias a mis amigos por miedo a olvidarme de mencionar a quien pertenecían, y sufrir la cólera del tejedor de historias, y segui idolatrando a los héroes poderosos y buenos.

Llegando al fin del séptimo grado de la primaria, tenia un personaje recurrente de mi propia autoría que simbolizaba todo lo que creía que estaba bien en el mundo: Era un caballero que podía saltar de un mundo a otro, y pertenecía a una orden de caballería que se dedicaba pura y únicamente a impartir justicia, a encontrar el mal en donde quiera que este se encuentre y plantarle cara para vencerlo en épica batalla. Si el concepto les parece una bosta atómica, no están equivocados, porque siempre metia a este personaje en historias que no eran mías, pero que me gustaban (en su momento al menos): Luchaba al lado de Harry Potter y compañía, se involucraba en las historias de los múltiplos planos del juego de cartas Magic the Gathering, etc. Todo el tiempo eclipsando a los personajes originales, estando siempre en control de la situación, y haciendo que esos mismos personajes lo observasen con admiración.

Si, escribía (o imaginaba al menos) fan-fiction antes de enterarme de la existencia del termino. Les concedo unos minutos para reírse.
Aunque en el ínterin de todo esto, unos años atrás antes de egresarme de la primaria, mi vieja trae del laburo unos comics para mis hermanos y yo. En ese momento ella laburaba en pleno microcentro, y tenía cerca del lugar en donde ella trabajaba un puesto de diarios en donde el tipo que lo atendía entendía una cosa o dos acerca de comics, porque lo que mi vieja saca de la cartera es el primer número de Amazing Spider-Man (de esa tirada obvio, no EL primer número de ASM. Eso ya sería muy loco).

El personaje ya lo conocía gracias a, de nuevo, una serie de televisión. Pero el super héroe que aparecía en las páginas era mucho más interesante, diez veces más complejo. Fue amor a primera vista.

A diferencia de muchos de mis héroes previos, el no era un tipo enorme con músculos como montañas, ni un paragón solemne de la justicia, mas bien todo lo contrario: era de contextura mas bien chica, y no podía levantar a un edificio con sus propias manos. Aunque era (y es) indudablemente bueno, no perdía la ocasión para gastar a sus enemigos (y a veces a sus aliados), tirando unos chistes que a día de hoy me sacan una risa. Y no vencía a sus oponentes con fuerza bruta, sino mas bien engañándolos, distrayéndolos, siendo mas inteligente que ellos.

Otro trickster, y una araña encima de todo.

Al salir de la primaria, yo venia arrastrando los valores morales del personaje heroico antes mencionado. Esto se debía también a que todo el mundo a mi alrededor, incentivaba y recompensaba alguien con esas características: desde mi familia que se enorgullecía de que yo era super educado y nada quilombero, al colegio que me vivía dando la medalla del mejor compañero (y de mas esta decir, que las maestras me adoraban y me vivían poniendo de ejemplo de conducta ideal). Ya se que parece que estoy dándome palmaditas en la espalda, fanfarroneado de lo que yo una vez fui, pero créanme cuando les digo que en retrospectiva, no lograron crear a un individuo fuerte. El gran problema y punto de inflexión, como en todas las historias, fue la adolescencia. Mas específicamente, el secundario.

Lejos esta mi intención al escribir esto tirar culpas y señalar con el dedo a nadie, pero sea por azar o por simple ignorancia de mis viejos (y porque no, también mía), termine yendo a uno de los peores secundarios para una persona con mis cualidades. Desde afuera, el edificio era una cárcel, y por dentro, lo era. En primer año, yo era uno de los pocos que estaba en edad para estar en ese curso, todo el resto de mis compañeros me sacaban mínimo, tres años. No creo que les cueste hacerse la imagen de las diferencias físicas como de personalidad entre un pibe de trece años, y varios de dieciséis y diecinueve. No ayudaba nada que las autoridades en ese colegio tenían menos autoridad que guardia de seguridad de shopping y por consecuencia, todos ahí se manejaban con un código de violencia para el cual yo no estaba preparado.

Fue ahí, cuando los ideales de nobleza y justicia que traía conmigo se desmoronaron catastróficamente, cuando me di cuenta que el mundo podía ser y era totalmente despiadado, que no había tal cosa como una idea omnipresente de justicia y que eventualmente hacia que el malo pagase por sus crímenes.

Y es en ese entonces, en mis peores años y mientras odiaba a la vida, cuando volvia del colegio llorando en la calle porque mis compañeros me hacían la vida imposible y yo sin poder hacer algo al respecto, que la figura del trickster volvió a presentarse. Vino desde las sombras, con una sonrisa de triunfo y en vez de intentar demostrarme que el mundo era bueno y que lo único que tenia que hacer era tener esperanza, me tiro un pañuelo a mis pies y me dijo “limpiate esas lagrimas y soplate esos mocos, que ahora te voy a mostrar de que va la cosa”. Deje de un lado a los caballeros y a los super héroes, y empecé a leer y escuchar las historias de antihéroes y parias, aquellos que habían visto lo peor de la sociedad y resolvieron ser mas astutos que el resto del mundo. Si no podían vencerlos mediante la fuerza, entonces el engaño y la manipulación serian su ariete de batalla. Muchos de ellos serian villanos, y otros simplemente simpatizantes del lado de los héroes: El Joker, Loki, Eddie Dean, Henry Case, Lucifer, Sun Wukong. Esos son apenas unos pocos de los cuantos tricksters que se me cruzaron desde ese entonces, aunque están lejos de ser los últimos.

Al mismo tiempo de estar descubriendo ese tipo de personaje, encontré lo que a día de hoy considero mi vocación: la escritura creativa. Tal vez fue porque tenía muchos sentimientos contenidos (bronca, más que nada), tal vez fue porque tenia muy poca vida social y tiempo de sobra en mis manos, pero una y otra vez me veía soñando despierto y pensando en cuentos cortos y proyectos de futuras novelas (sagas, inclusive).
En resumidas cuentas: me di cuenta que se me daba tejer historias.


Luego de sobrevivir a los tres primeros años y cambiarme de colegio, logre salir del pozo de mierda en donde me encontraba gracias a empezar terapia y claro, estando en un nuevo ambiente mucho menos hostil. Pero las secuelas quedaron: lejos había dejado mis ideales ingenuos, empecé a darle mucho mas bola a relatos en donde no había blancos y negros, sino una compleja escala de grises, y por supuesto, en donde no faltaba mi nuevo arquetipo de personaje preferido.

Anansi volvió a aparecer, primero en “Hijos de Anansi” y luego en “American Gods”, dos novelas escritas por Neil Gaiman. Con una nueva perspectiva y con un par de años mas de experiencia, esta vuelta lo pude reconocer por lo que el era, y mi admiración por el no había hecho más que aumentar. En estas dos versiones, el era irrespetuoso y tenia una larga lista de enemigos, pero eso no le impedía zafar de la mayoría de las situaciones y tirar frases reveladoras a los protagonistas de cada una de las novelas (el no era el personaje principal, no. El era aquel que se mantiene en las sombras, fuera del foco del luz, pero eso no quiere decir que no este tejiendo la historia).

Para los que llegaron hasta aca y les de paja usar google, tal vez se estén preguntando: ¿Qué es un trickster? El nombre en nuestro idioma seria “Pícaro divino”, pero siendo sincero ese termino no le hace justicia a tremenda figura, ya que le falta elegancia, le falta forma.

La diferencia entre el pícaro común y corriente y el trickster, es que este último por lo general es mas que un mero humano, y es bastante común que su naturaleza sea mágica. Podría dar varios ejemplos de tricksters conocidos, algunos ya los mencione mas arriba (Orfeo, Prometeo, Huehuecoyotl, Circe son algunos populares que me olvide de nombrar), pero voy contarles de uno que para mi, es uno de los mejores personajes ficcionales: John Constantine.

Constantine es un personaje de la editorial de comics Vertigo, creado por Alan Moore y luego complejizado por unos cuantos guionistas y escritores de lujo. El personaje en cuestión, es un mago oriundo de Liverpool pero radicado en Londres, ex punk rocker y con una tendencia eterna a ser “el hombre incorrecto en el momento y lugar adecuado”.

Pese a ser adepto a la magia (o un maestro de las artes místicas y ocultas, se podría decir), el no tiene en su repertorio hechizos estrambóticos, como bolas de fuego o rayos de colores que salen de una varita, sino que como todo buen trickster, usa el engaño como su principal arma (“el secreto de la magia, es hacer que las personas miren para el lado equivocado” suele decir). Un claro ejemplo de esto, es en el arco argumental “Hard Time”, en donde el termina preso en una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos. Y es en este arco argumental en donde casualmente, me di cuenta por primera vez del porque la figura del trickster resonó tanto conmigo en los últimos años.

El ambiente en donde se encontraba era, salvando las abismales distancias, similar a la cárcel/secundario que yo pise cuando rondaba los trece años. Ahí, el era el tipo nuevo, rodeado de gente mucho más grande y físicamente fuerte que el, pero no por eso más peligrosa. La diferencia entre Constantine y yo, era que para cuando el era guiado a su nueva celda por los pasillos de la cárcel, el ya tenía kilometraje bajo sus zapatos: Ya había sufrido, había perdido a gente cercana, y había hecho pactos con ángeles, demonios y seres antediluvianos.

Esto es lo que le permite sobrevivir en un ambiente tan hostil, usando el engaño, la astucia y ocasionalmente, la magia. No voy a entrar mas en detalles, dado que no quiero arruinarles la lectura a aquellos que se sientan intrigados por este personaje, pero si voy a agregar una frase simple pero magistral, que encapsula porque John Constantine es un trickster en toda regla, y uno de mis favoritos además de eso: Cuando uno de los presidiarios le pregunta el porque de su estadía en la cárcel, el se limita a responder, llevándose un pucho a los labios: “¿Yo? Yo evite que el diablo siguiera sufriendo”.

A día de hoy, estoy cursando la carrera de Artes de la Escritura, en la Universidad Nacional de las Artes. Y no les voy a mentir, cada vez que me siento a escribir para alguno de los talleres que conforman la carrera, recuerdo a la araña teje historias, y me es más fácil engañar a la gente, haciéndoles creer que por leer la secuencia de letras que pongo sobre el papel, mundos inimaginables toman vida, en donde personajes ficticios (pero muy reales a la hora de la lectura) existen, con sus complejidades y características. Cuando las cosas me salen bien, logro que la gente deje de pensar que esta mirando a una hoja A4 con letras entintadas, y piense que esta siendo testigo de otra cosa.


En una de esas, el día de mañana puedo unirme a la liga de los Tricksters.

domingo, 18 de febrero de 2018

Ceniza

Ceniza. Ella es la ceniza más hermosa que conocí.

Su boca sabia a cenizas por el pucho que sostenía en su mano mientras yo lograba algo que llevaba años sin conseguir.

Ceniza.

Meses después, la sigo saboreando en mi boca. Cuando no me responde, cuando nos vemos y nos mentimos diciendo que esa noche nunca paso. Es el sabor de algo frio, de un fuego que ya no es más.

Al igual que la ceniza, ella es más liviana que el aire, y un simple te amo no dicho la disipa al viento.

En noches de verano, cuando me siento frio por no sentir su calor a mi lado, escucho al poeta irlandés Patrick Kavanagh hablando con la voz Luke Kelly, diciéndome:

“Mi razón debe comprender que he amado
No como debería,
A una criatura hecha de arcilla ceniza”

Y rio (y lloro) al recordar que la felicidad, aunque haya durado tres horas, sigue siendo felicidad.

Y la belleza de las cosas radica en su existencia, no en su duración (sostengo la infinidad en la palma de mi mano y la eternidad en una hora, siguiendo las instrucciones de un poema).

Ahora, esto es lo que me queda de ella, el placer y el sufrimiento. La felicidad, la ansiedad y la depresión.

Y el recuerdo de que es la ceniza más hermosa que conocí.

El zaguán

Por Olazabal, justo entre Freire y Zapiola, hay un zaguán viejo que se ve desde la calle. Es largo y siempre esta plagado de hojas secas, manteniéndose en un estado de perpetuo otoño.
Al final del pasillo, vive una bruja.

Ella esta ahí desde que tengo memoria, desde que era un pibe. Al principio, pensé que era la típica viejecita (siempre fue una anciana) de barrio, de esas que se dedicaba a alimentar a los gatos callejeros de la zona.
En mi defensa, siempre la vi haciendo eso, aunque su cariño no se extendía solamente a los felinos: cada vez que pasaba al frente del zaguán con Sid, un border collie que esta conmigo desde mi adolescencia, ella siempre salía a recibirnos y le ofrecía un tarro de agua fresca.
En otra ocasión, vi como manejaba con delicadeza a una paloma con un ala rota y se la llevaba a la puerta al final del zaguán, solo para volver y aparecer con una escalera para buscar entre las ramas de un árbol cercano y encontrar un nido escondido entre ellas, y llevárselo para su casa.
Sin embargo, con las personas tenía un trato distinto. Si yo me la cruzaba sin estar con Sid, ni me dirigía la palabra. La vi mas de una vez discutir y putearse con los vecinos y transeúntes, haciendo que se gane el título de “La loca del barrio”.
Recuerdo que para cuando yo comencé a ir al secundario, hubo una gran movida inmobiliaria por la zona, y muchos edificios y terrenos fueron vendidos, demolidos y reconstruidos. En la cuadra de Olazabal entre Freire y Zapiola se vendieron todas las propiedades. Todas salvo el zaguán. Cada vez que se escuchaba un portazo, siempre se veía salir del pasillo a un hombre de negocios decepcionado. Luego de unas semanas de ver entrar y salir a agentes inmobiliarios, mientras paseaba al perro, la encontré a ella garabateando símbolos en el pórtico del zaguán con lo que parecía una tiza roja, todo esto mientras tarareaba una canción lúgubre en un idioma que no lograba reconocer. A día de hoy me acuerdo como Sid empezó a gimotear y escondió su cola entre las patas cuando nos acercamos. Al reparar en el, ella lo reconforto en ese idioma desconocido, cosa que pareció tener un efecto positivo en Sid, que comenzó a saltar de alegría de un momento a otro. Cuando nos alejamos lo suficiente (casi hasta llegar a la esquina) ella retomo su tarea.
Los hombres de negocios no la volvieron a molestar luego de ese día..

Cuando yo tenía dieciséis años, pude ver qué había detrás de la puerta al final del zaguán.
Era el verano del 2002, y como siempre hacia el recorrido habitual para pasear a Sid, cruce al frente de su casa mientras ella volvía a llenar los recipientes con agua para los animales callejeros.
Al pasar frente a ella, dejo de hacer lo que estaba haciendo y se arrodillo frente a Sid. Mientras lo acariciaba la cabeza con compasión materna, me dijo sin apartar los de mi perro: “Esta enfermo. Pasate por mi casa cuando falte una hora para la salida del sol y puede que te de algo para curarlo”.
Le agradecí y le dije que lo tendría en cuenta, y seguí con mi paseo matutino, asumiendo que era uno de sus muchos desvaríos de vieja senil.
Tres semanas después, luego de que Sid vomitara rojo, lo llevamos al veterinario y nos informó que tenía cáncer intestinal. El tratamiento nos costaba mucho mas de lo que podíamos pagar, y aún así no había garantía de que lo ayudara. Parecía que Sid no llegaría a los siete años.

Creo que jamás voy a olvidar la primera vez que cruce el umbral de la bruja.
Fue una madrugada de verano, a las dos semanas de que el veterinario me haya dicho que mi perro se estaba muriendo.
Yo me había bajado del colectivo en Balbín luego de una noche llena de ginebra en un intento de ahogar la tristeza, y estaba caminando por Olazabal cuando me encontré a la entrada del zaguán. Al final del mismo, se podía ver luces encendidas a travez de la ventanita del la puerta.
A día de hoy, me pregunto porque me metí en el zaguán, pero creo que jamás podre justificar mi accionar en aquella noche de verano. Sería como intentar explicar por qué hacemos las cosas en los sueños. Simplemente suceden.
Lo único que recuerdo con claridad es el crujir de las hojas secas bajo mis zapatillas y el frio otoñal que reinaba entre esas paredes invadidas por una enredadera. Mi memoria llega hasta que gire el picaporte, ya que lo que le sigue, no es mas que un delirio febril en mis recuerdos.
Lo único que puedo evocar de esa noche en estos momentos, es que en vez de encontrarme con el interior de un hogar al cruzar la puerta, lo que vi fue un paisaje de túmulos en un bosque bajo las estrellas.
Escuche su voz, que provenía de todos los lugares y de ninguno, preguntándome que estaba dispuesto a pagar para que Sid siguiera viviendo (aunque ella utilizo un nombre distinto, un nombre más real). Yo le respondí que estaba dispuesto a pagar con mi vida, a lo que ella se rio y me respondió que no seria necesario tanto, aunque si algo bastante similar: mi vitalidad, mi vigor.
Yo accedí sin dudarlo.
Mi siguiente recuerdo fragmentado es el de ella frente a mi, totalmente desnuda: pelo plateado y largo atado en una trenza gruesa, tetas arrugadas y caídas, pero grandes. Caderas anchas y un vello púbico desenmarañado y gris. Ella me despojo de mi ropa con una habilidad conseguida en años (o siglos, o tal vez mileños) de práctica.
Antes de que pueda advertirle de que no tenia forro, ella me tiro sobre la hierba fresca y con un hábil movimiento de caderas, siento su calor interno. A medida que ella se mueve para adelante y para atrás, deja de ser una anciana ante mis ojos y paso a ver a un ser de piel azulada, casi de zafiro, con un pelo dorado (no rubio ni de oro, dorado) y unos ojos de jade.
Cuando siento que estoy por llegar al éxtasis, le advierto que estoy por acabar e intento agarrarla por sus caderas pero ella me susurra una palabra en ese extraño idioma mientras me clava sus brillantes ojos verdes.
Lo último que recuerdo es tirar la cabeza para atrás mientras llegaba al orgasmo, y ver el firmamento estrellado con constelaciones imposibles.

Al día siguiente, me desperté con la madre de todas las resacas, y totalmente abatido. Termine sacando a Sid a eso de las cuatro de la tarde, y a medida que nos acercamos a la entrada del zaguán, la vi a ella esperándonos en la vereda mirándonos fijamente.
Cuando la tuve al frente, pensé en preguntarle si mis recuerdos de anoche eran parte de un sueño o realidad, pero ella me ignoro por completo y se arrodillo al lado de mi perro. Le susurro algo (de nuevo en ese idioma desconocido) y le planto un largo beso en la frente. A continuación, se dirigió a mi y me dijo que ahora viviría por varios años mas, y que cuando llegase el momento que su cuerpo cediese ante la implacable muerte, podía dejárselo a ella para que lo llevase a un lugar mejor. Hasta entonces, ella me dijo/ordeno que ignorase por completo su existencia.
Al decir esto último, yo asentí y me di cuenta que estaba hablando con la vieja loca del barrio y seguí mi camino, decidiendo que evitaría la calle en donde ella vivía de ahora en mas.
Sid se recupero milagrosamente de su condición y el veterinario barajo la idea de que el se había equivocado en su diagnostico. Ni perro viviría para llegar a sus veinte años.

Para cuando Sid estaba en las ultimas, yo ya tenía veintisiete y me había mudado a un departamento de Almagro, pero había vuelto para cuidar de la casa mientras mis viejos estaban de vacaciones y para hacerle compañía al perro, que como ya dije, estaba llegando al final de su vida.
En una de esas noches, agarré la correa para darle su paseada diaria (a esta altura, solo salía una vez al día y había que cargarlo para bajar y subir las escaleras) y vi en sus ojos que esta sería su ultima paseada.
Lo lleve sin correa, dejando que el caminase a su ritmo, hasta que se detuvo frente a la entrada del zaguán. Alguien había pintado un grafiti en la pared, retratando a una mujer de piel azul y un pelo dorado largo y arremolinado, que casi parecía una corona de alguna deidad hindú.
Desde aquella mañana milagrosa, en donde Sid había tenido su recuperación repentina, yo había ignorado (e incluso evitado) ese pasillo en donde incluso en verano, reinaba el otoño.
Fue en ese momento, cuando ambos mirábamos desde lejos a la puerta de roble al final del pasillo, que el hechizo se disipó, y luego de años volví a caminar por aquel zaguán alfombrado con hojas secas. Lo miré a Sid, y el me miro a mi, y los dos supimos que era hora de llegar al otro lado.
Con marcha solemne, nos dirigimos al final del pasillo mientras pateábamos las hojas secas y nos acercábamos al final del trayecto. Al llegar a la puerta, toque tres veces de forma fuerte y espaciada, y el picaporte giro al poco rato.
Lo que me recibió al otro lado del umbral no fue la anciana que me esperaba, sino una mujer joven, de pelo rubio casi blanco, ojos color esmeralda y una piel pálida como el mármol que era recorrida por un entramado de venas azules que se notaban en su totalidad gracias a la ausencia total de ropa. A su espalda un paisaje boscoso se extendía bajo un velo nocturno, en donde varios seres que se escapaban a mi vista se paseaban con libertad.
Cuando ella me miró a mi, y luego al viejo border collie que se encontraba al lado mío, supe que era el momento de despedirme.
Me arrodille junto a el, sostuve su cabeza con mis manos y le plante un largo beso en la frente. Le agradecí todos los momentos que me había regalado y luego de decirle que lo amaba, sentí como la garganta se me secaba y unas tibias lágrimas corrían por mis mejillas. El me lamio la cara mientras movía la cola, antes de alejarse al bosque eterno.
No sé cuánto tiempo estuve arrodillado mientras sollozaba, con mi rostro escondido entre mis manos, pero en un momento sentí una mano delicada en mi hombro y al levantar la mirada, la vi a ella contemplándome con compasión. Me dijo con un susurro similar a una brisa, que podría pasar a ver a Sid (aunque ella usó otro nombre) cuando yo estuviese por llegar al último de mis días.
Me afirmo que no tendría que esperar demasiado. Luego de decir esto, me ayudo a levantarme y me escolto a la calle.

Pasaron los años, el barrio cambió y yo me mude con mi mujer de nuevo a Belgrano, no lejos de mi antigua casa en donde pase mi infancia y adolescencia.
Cuando yo estaba por llegar a los cuarenta, me diagnosticaron cáncer intestinal. La doctora fue honesta conmigo y me dijo que incluso con quimioterapia (que costaría una fortuna), las posibilidades de que yo viviera para fin de año eran pocas. Me dijo que lo que mejor que podía hacer es poner mis asuntos en orden, empezar terapia si es que lo encontraba necesario, y ocupar el tiempo que me quedaba con mis seres queridos. Le agradecí por su sinceridad y le dije que eso es justamente lo que haría.
En el camino de vuelta a casa, empecé a ensayar lo que le diría a Vanina, mi mujer, cuando sin darme cuenta me encontré ante el umbral del zaguán de la calle Olazabal.
Con una sonrisa, y sin sentir el peso de la muerte sobre mis hombros, me dirigí a la puerta al final del pasillo, aquella que siempre tiene una luz encendida a través de una ventanita y es precedida por un ejército de hojas secas.
Golpee tres veces la vieja puerta de roble, y lo que me recibió al otro lado del umbral no fue ni una anciana ni una joven con cabello ceniciento: lo que se encontraba ante mi era aquel ser que me llevo al éxtasis aquella noche que era de otoño/verano. Con un movimiento grácil de su brazo de lapislázuli, me invito a que pasara a su bosque eterno.
Esta vez el sol estaba presente, pero se estaba ocultando entre la arboleda sin fin que conformaba el horizonte, empapando todo de un naranja cálido. A medida que me guiaba por senderos invisibles, descubría animales que creía extintos y otros que jamás hubiese imaginado que existieran: un grupo de dodos correteaban por entre las raíces de un sauce. Un tigre de Tasmania se rascaba la parte trasera de su oreja arriba de una roca. Una ave de fuego sobrevolaba por arriba de nuestras cabezas, y una manada de caballos alados se refrescaban en un arrollo. Vi a una criatura espeluznante con cara de hombre (aunque sus dientes no eran nada humanos), con cuerpo de león y cola de escorpión, acechándome desde la copa de los arboles, pero con un silbido mi anfitriona lo convenció de que me dejase en paz.
Al llegar a un claro entre el medio de la arboleda, un border collie disfrutaba de los últimos rayos de sol. Cuando grite su nombre, se le irguieron las orejas, me miro y se dirigió corriendo hacia mi, con esa cara de felicidad que solo son capaces de tener los perros.
Mientras lo abrazaba, no pude evitar pensar que una muerte temprana no era un mal precio a pagar, si esto es el resultado.

lunes, 6 de junio de 2016

El Anticuario.

Akos volvió a repasar la lista del ultimo pedido por tercera vez, solo para asegurarse de que no faltase nada de lo que él había ordenado: una caja negra de un jet de combate alemán, año 2025. Una consola de juegos Nimei, año 2032. Y lo más moderno, una tarjeta de almacenamiento del 2049.

Todas y cada una reliquias que el más tarde vendería a algún coleccionista a un precio injusto, pues a eso se dedicaba.

Aunque en la entrada de la tienda decía “Ako’s tecnologies” (en inglés y en chino), su verdadera especialidad era recuperar y comprar tecnología obsoleta que ya nadie utilizaba y encontrar alguien con créditos de sobra que las comprara. Por esa razón, viejos monitores Philip y GL descansaban en la vitrina, y paneles cromados adornaban los muros, reflejando la luz de forma psicodélica. Sus clientes más jóvenes se reían cuando Akos les decía que esos paneles del tamaño de una mano eran unidades de almacenamiento de datos llamados CD’s.

El anciano apretó un botón en su brazo hidráulico y unos números verdes y digitales le mostraron que eran las 18:26. Al levantarse, la silla rechino de alivio al verse liberada del enorme cuerpo del anticuario, pero el maldijo en húngaro cuando su rodilla crujió al dar el primer paso. Cojeando y masajeándose la articulación con su mano de carne y hueso, se dirigió a la puerta.

Afuera, Hong Kong seguía con su ritmo habitual de tarde/noche, con empresarios de traje recorriendo a amplias zancadas las estrechas calles, vendedores de ramen ambulantes en bicicleta, vagabundos andrajosos que se refugiaban de la lluvia bajo los balcones y nichos entre edificios, y los siempre presentes miembros de las bandas de crimen organizado chino.

Akos tuvo que estar un buen rato para ver lo que estaba buscando: un muchacho de ojos rasgados se abría paso entre la multitud, metiéndose en los huecos que se presentaban en el mar de personas y haciendo tropezar a más de una, para a continuación dejarlos atrás entre insultos y maldiciones. Todo eso, con dos bolsas cargadas de víveres, haciendo que todo el proceso sea una danza rustica que solo podía tener lugar en las calles.

Pero ese muchacho, de nombre Huo, tenía experiencia de sobra para moverse por los laberintos de Hong Kong con poco respeto a los otros transeúntes, gracias a su pasado como rata callejera. Si el término sonaba despectivo, es porque sin duda lo era, ya que se lo asignaba a los niños sin techo y sin escrúpulos que hacían a las veces de criminales juveniles, vagabundos y drogadictos. La expectativa de vida de las ratas callejeras no superaba los catorce años, pues solían morirse de una sobredosis, hambruna o asesinados por algún miembro de una banda criminal.

Por azar o por destino, esa vida autodestructiva había dejado de ser una posibilidad para Huo hace dos años, cuando el intento asaltar la tienda de Akos con el afán de conseguir dinero para comprar algún narcótico barato. El viejo húngaro, luego de plantearse seriamente si molerlo a golpes con su brazo hidráulico o dejarlo vivir, decidió darle asilo al ver que el niño (que por ese entonces tenía diez años) estaba temblando, pero no de miedo, sino de abstinencia. Las semanas que le siguieron, Akos tuvo que encerrar literalmente el niño de ojos rasgados en su sótano, dado que se desesperaba por aspirar ambrosía, una droga bastante nociva que circulaba desde hace tiempo por todos los callejones de mala muerte del mundo. Luego de eso, y al enterarse de que no tenía ningún familiar que lo reconozca, el anciano le ofreció trabajar para el a cambio de un techo y paga moderada. Por seguridad, el sueldo del niño lo guardaba siempre en una cuenta virtual, diciéndole que sería suyo el día que pueda tener una suma generosa de dinero en sus manos y no gastársela en drogas.

Huo llego jadeando a la entrada del local, en donde lo esperaba Akos de brazos cruzados.
-Te tardaste- Miro las bolsas de plástico que el muchacho tenía en ambas manos- Y no compraste en el lugar que yo te dije.
-Había mucha fila, además, la comida de Rafik es una mierda- Su moderno corte de pelo, con las cienes rasuradas a cero, no hacía más que acentuar la insolencia de su mirada.
-Es una porquería, sí, pero tiene la decencia de reconocerlo y no cobrar mucho por eso- Puso su mano artificial en el escuálido hombro del niño- vamos a comer, que tengo hambre.


Mientras Akos mordiscaba el último pedazo de una empanada árabe, Huo permanecía con la mirada perdida en el brazo hidráulico que descansaba sobre la mesa. Fue solo cuando el viejo movió la extremidad artificial para agarrar su vaso cuando el muchacho rompió el silencio.

-¿Por qué no te dedicaste a ser un arcángel?

-Hoy en día tienen nombres elaborados para cualquier cosa- refunfuño el viejo- en mi tiempo, llamábamos a los “arcángeles” por lo que eran: sicarios y mercenarios independientes.

-Sabes muy bien que no es lo mismo. Los arcángeles son sicarios, sí, pero con cuerpos modificados con tecnología., y sin ninguna lealtad a un clan o banda callejera, ni a ninguna corporación multinacional. La mayoría tiene un pasado militar, al igual que tú, y como te dije antes, con modificaciones cibernéticas, como tu brazo izquierdo.

-Primero y principal, la profesión, si es que la podemos llamar así, es un invento más bien moderno, cuando yo me retire del ejército, no existía una demanda para mercenarios modificados como lo hay ahora. Además, ellos suelen removerse partes del cuerpo de forma voluntaria para poder reemplazarlas con una versión cibernética, mientras que yo perdí mi brazo luchando en la Guerra de la Singularidad. Pero para ser más directo con respecto a tu pregunta: no me dedique a ser arcángel porque ya tenía mi ración de muerte y violencia para toda una vida.

-Vamos anciano, no es posible que la cosa haya sido TAN mala- dijo Huo mientras se reclinaba de forma arrogante en la silla.

Akos no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa por la ingenuidad del niño. Las nuevas generaciones habían olvidado lo que es una guerra de proporciones mundiales, gracias al acuerdo que se había llegado hace tres décadas atrás. Pero se le ensombreció el rostro cuando recordó que la violencia simplemente había cambiado de escena: de campos de batalla y pueblos de un país tercermundista, paso a tener lugar en las calles y recovecos de las ciudades de todo el mundo. En donde antes los conflictos bélicos eran orquestados por naciones, ahora eran las corporaciones y los grupos de crimen organizado los que lideraban la carga de caballería en ambientes urbanos, evolucionando asi la forma de disputarse territorios, propiedades y derechos en una guerra fría que se vivía en cada distrito, barrio y hogar del globo. Esto provocó que la gente (en especial los más jóvenes), asimilaran la crueldad y la muerte como algo cotidiano, en donde ser civilizado era casi tan raro como ver un animal en estado salvaje.

-Créeme, mocoso, que cualquier tiroteo entre bandas que viste, palidece a lo que yo viví en las trincheras de Mongolia- Al ver que Huo bajaba la mirada con vergüenza, se apresuró para cortar la conversación- Hoy te toca lavar los platos.


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Akos estaba trabajando en un viejo reproductor de blue-ray en el sótano cuando escucho a Huo llamarlo por su nombre desde el mostrador (cosa rara, porque siempre le decía “anciano” o “viejo”). Cuando subió las escaleras, se encontró con un hombre rubio, alto que vestía una sudadera roja y tenía el pómulo izquierdo amoratado. Con una mano cromada, sostenía una pistola negra ATLAS Inc con microsilensiador incorporado que apuntaba a quemarropa al cuello del muchacho. No tardó mucho en reconocerlo: hace un par de semanas atrás, el mismo hombre se había presentado a la tienda ofreciendo “protección” por parte de los Long Yu, uno de los clanes perteneciente a las triadas. Lo único que pedían a cambio era el cincuenta por ciento de las ganancias semanales. La respuesta que obtuvo fue un culatazo del rifle Winchester (otra reliquia) que Akos tenía bajo el mostrador.

Atrás de él, podía ver a dos matones que se asemejaban a armarios andantes, custodiando la entrada. Uno de ellos sostenía el Winchester de forma poco ceremoniosa.

-Bueno, bueno, si no es el ruso que le gusta coleccionar mierda que nadie usa- Se mofo el rubio con una sonrisa.
-Magyar vagyok, tudatlan- murmuro Akos en su lengua natal.

-Lo siento, pero no hablo la lengua de simios brutos con olor a vodka ¿Qué es lo que dijiste?
-Que soy Húngaro, burro.

La sonrisa del criminal se borró de forma seca y Akos se empezó a arrepentir de su repentino acto de bravura. Apretó aún más el arma sobre el cuello de Huo.

-Camina lentamente hacia el mostrador y coloca ambas manos sobre la mesa, a menos que quieras ver como la yugular de este chinito se convierte en un surtidor de sangre.

Akos obedeció ardiendo de impotencia, intentando planear algo que le permita salir de esa situación, pero la única escapatoria que veía era jugar por las reglas de los Long Yu. Cuando llego al mostrador, el rubio arrojo a Huo a las manos del matón que no tenía el rifle y le dio un culatazo al anciano. Cuando cayó al suelo, lo agarro por la nuca y estampo su rostro tres veces contra el suelo. El asaltante solo se detuvo cuando vio que el anticuario estaba por perder el conocimiento. Con una patada, lo empujo frente a la consola de transacciones que había en el mostrador y le tiro una tarjeta de crédito. Lo apunto con la pistola y le dijo entre jadeos:

-Carga todas las ganancias en la tarjeta, hasta el último centavo. No te preocupes por las normas de seguridad, esta crakeada.
Con la cabeza dándole vueltas, logro acceder a la cuenta del local y transfirió todo a la tarjeta plástica de los Long Yu. El rubio se acercó al monitor para verificar que todo estuviese en orden, para a continuación darle un rodillazo en la espalda.

-¿Crees que soy estúpido, vejestorio? ¿Crees que no me podría dar cuenta que hay otra cuenta de ahorro en la consola?- Grito mientras señalaba una carpeta que decía “Ahorros de Huo”- Creo que necesitas un poco de incentivo por parte de mis socios.

Al decir esto, el matón que tenía a Huo coloco su mano enguantada alrededor del cuello del muchacho y lo levanto hasta que sus pies estuvieran a medio metro del suelo. Sin que se lo pidan, Akos se apresuró a hacer los comandos necesarios para la transacción, mientras veía como la cara de Huo se ponía roja y sus pies empezaban a patalear. Cuando hubo terminado, el rubio acercó la tarjeta a sus ojos y arrugo la nariz con desprecio.
-¿Solo treinta y siete mil créditos? Voy a necesitar algo mas- chasqueo los dedos- Rei, suelta al niño y tráeme el brazo del anciano.

Le hubiera arrancado el brazo de cuajo, si es que Akos no se hubiera apresurado a presionar los botones que destrababan el apéndice hidráulico.
-Más vale que te esmeres con tus ventas, porque el viernes que viene es día de colecta. Y no te creas que nos vamos a pasar por esta pocilga, pues tendrás que ir a los cubículos de hospedaje en el distrito Zhuzhai y traernos el dinero tú mismo.

Y sin más ceremonia, se fueron por la puerta de entrada y se perdieron entre la multitud. Akos se apresuró a cerciorarse de que Huo esté bien, pero cuando levanto la mirada, el muchacho estaba saliendo por la puerta a la carrera y con lágrimas en los ojos. Intento levantarse para detenerlo, pero cayó de bruces al suelo al intentar apoyarse con un brazo que no tenía.


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La tradicional lluvia de Hong Kong caía sobre la calle como una cortina de agua, dándole al paisaje un filtro pálido, pero acentuando el fulgor de las luces de neón y los hologramas publicitarios. En el medio de la multitud, Akos se abría paso como podía, apartando a los peatones con un brazo mientras intentaba no resbalarse con el cemento mojado. Vestía un sobretodo color caqui y un fedora negro para resguardarse del agua, dándole un aspecto de detective de antaño.

No era ningún misterio por qué Huo había huido de la tienda, al menos no para el anciano. Fue un recordatorio de algo que él creía haber superado de sus días como rata callejera: que el valía menos que una bala, y que no había caso en defenderse y no dejarse avasallar. Los niños y niñas que tenían la vida que una vez tuvo Huo estaban en el fondo de la cadena alimenticia de la calle, y se les recordaba constantemente ese hecho. Desde los ciudadanos que ignoraban su pedido de limosnas, pasando por los policías que abusaban de su poder para descargar sus frustraciones con palizas o saciando su sed de placer carnal, para culminar en los grupos de crimen organizado que los usaban como carne de cañón para hacer encomiendas y diversas tareas.

Cuando Akos “adopto” a Huo, ese valor por sí mismo empezó a florecer lentamente, dando como resultado colateral su característica arrogancia. Esto se debía a que no podía soportar la posibilidad de volver a ser alguien a quien la sociedad consideraba totalmente sustituible, sin otro destino que morir en un callejón sin nombre.

Y la situación que vivió en Akos’s Tecnologies fue un recordatorio de que estaba lejos de ser alguien que tenía que ser respetado, destruyendo la confianza que había logrado construir.

Para el anciano, eso solo indicaba que volvería a su vieja vida de rata callejera, por lo que no perdió tiempo en salir a buscarlo. Empezó por preguntar a las tiendas vecinas si lo habían visto, pero todos le daban respuestas contradictorias. Como vio que era fútil seguir buscando en una ciudad del tamaño y población de Hong Kong a una sola persona, volvió al local (que era a su vez su departamento) y, tras unas tablas de madera flojas, retiro una caja pequeña de cartón que contenía lo que él consideraba como los objetos de más valor en toda la tienda: virus virtuales desfasados, sistemas operativos primitivos y demás objetos que en la actualidad se considerarían antediluvianos.

Suspiro mientras se guardaba los objetos en los bolsillos de su abrigo y se dirigía al lugar en donde se puede saber todo lo que pasa en el bajo mundo de Hong Kong: el nido de las Nornas.


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Akos avanzo por la estación de subte abandonada, preguntándose si la información que le dio ese vagabundo era correcta y maldiciendo cada vez que bajaba por una escalera y no encontraba más que grafitis viejos en las paredes. No porque había pagado mucho para saber en dónde se encontraban las Nornas (lo costó un sándwich de atún artificial), sino porque cada minuto que perdía, las chances de no encontrar Huo incrementaban. Al llegar a un callejón sin salida, unas luces lo enceguecieron, justo cuando disponía a dar media vuelta e irse.
-Levante las manos, sin hacer nada raro- ordeno una voz distorsionada, a lo cual Akos obedeció- Dije las manos, no la mano anciano.
-Me temo que solo tengo una- replico con cansancio.

Una orbe metálica se acercó a él y proyecto un haz de luz celeste mientras daba vueltas alrededor del anticuario.

-El scan muestra que dice la verdad, es un lisiado- Esta vez la voz era femenina y no estaba distorsionada- Y esta desarmado. Yo diría que lo dejemos acercarse.

La otra voz suspiro, frustrado.

-Te juro que tú y esa bola metálica son los enemigos de la diversión.

-No, somos los enemigos de matar POR diversión- respondió ella.

-Sigo sin comprender como es que alguien en tu profesión disfrute tan poco del arte de matar- refunfuño él.

-Nobles palabras, para venir de un psicópata.

-Artista- Le corrigió.

-Las luces, por merced- Los interrumpió Akos.

Cuando los ojos del anciano se acostumbraron a no tener un centenar de focos de luz quemándole las retinas, pudo ver a sus dos interlocutores. Ambos eran arcángeles, a juzgar por las armas, ropa y modificaciones que llevaban. El hombre estaba vestido con ropa militar oscura, chaleco antibalas, borceguíes largos, mientras que su rostro estaba oculto tras un casco táctico negro y liso, similar al que usan los motoqueros pero con un semblante más amenazador. Entre sus brazos descansaba un rifle de largo alcance con binocular digital.

La mujer, de estatura menor al hombre, vestía de forma más colorida que su compañero. Una chaqueta violeta dejaba ver el arnés que recorría su torso, con cargadores y dos pistolas a la altura de las costillas. Unas piernas metálicas surgían a través de sus pantalones cortos anaranjados, que culminaban en unas zapatillas deportivas rojas. El acento y el aspecto la delataban como una Hongkonesa de nacimiento, junto con su forma de vestir.

-Lo siento por eso, a veces solemos perdernos en nuestros… debates- La pelota metálica volvió a orbitar alrededor de su dueña- ¿A qué viniste?

-Necesito encontrar a alguien en esta ciudad y por eso deseo el conocimiento de las Nornas.

-Muy bien, ¿Sabes la contraseña?- Inquirió el arcángel.

-Déjame adivinar…¿es algo sobre lo lindo que es matar?- Le respondió Akos.

-¿Ves? El sí sería un buen compañero de guardia. De acuerdo, anciano, mi socia te guiara hasta las Nornas.

El arcángel corrió una pared falsa de concreto, y Akos se preguntó hasta qué punto su cuerpo estaba modificado para poder manejar semejante peso. Un pasillo oscuro se presentó por delante, y siguiendo la invitación de la mujer, se adentró en el con una mano en la pared por miedo a tropezar con algo y caer de forma poco elegante al suelo.

-Mis disculpas, a veces me olvido que no todos tienen los ojos modificados para ver en la oscuridad- Dijo la arcángel al ver al anciano avanzando de forma insegura- Momo, luz.

La orbe dejo escapar un sonido electrónico y a continuación se encendió como una lámpara, iluminando todo a un radio de tres metros. El pasillo parecía más limpio que el resto de la estación, pero los grafitis habían sido suplantados por escrituras en un idioma que Akos no conocía. Al verla más de cerca y bien iluminada, la mujer que lo acompañaba parecía no tener más de veinte años, pero la forma de caminar y observar el ambiente (y a él), demostraban un adiestramiento y disciplina que solo podía conseguirse con años de experiencia, a lo cual el viejo soldado se cuestionó a que edad la chica había empezado a entrenarse, o si tenía la edad que aparentaba.

-¿Ganaste la pelea?- pregunto ella, rompiendo el silencio.

-¿Perdón?

Se pasó la mano por el rostro y lo señalo a él. Los moretones y la sangre coagulada.

-No estaría aquí si la hubiese ganado.

-¿Entonces vas a preguntarle a las Nornas en donde se esconden los que te hicieron eso para vengarte?

-No exactamente- Negó el, para luego agregar- La venganza dejo de ser parte de mi repertorio hace mucho tiempo.

Ella asintió con una sonrisa, mientras se acercaban a una cortina hindú al final de un pasillo.

-No pareces de la clase de tipos que genere problemas, pero tengo que avisarte ciertas reglas por protocolo: Yo voy a estar al lado tuyo durante la sesión, asi que ni se te ocurra hacer nada raro. De otra forma le diré a Momo –Señalo a la orbe, y esta respondió con un pitido- que te electrocute. No te va a matar, pero duele como la puta madre.

-Comprendo.

Cruzaron la cortina y entraron a un gran salón circular ligeramente iluminado por velas, con sahumerios repartidos por todas partes. En el centro, y rodeado por vapor, había un pedestal con un monolito y tres mujeres desnudas. Una morena con rastas, la otra rubia y la tercera asiática con la cabeza rapada. Las tres tenían ojos electrónicos de color magenta luminoso.

Akos jamás las había visto en persona, pero desde hace un tiempo circulaba el rumor por las calles de tres mujeres que tenían la llave del conocimiento, impartiendo ese conocimiento a cambio de ofrendas, ya sea en créditos, objetos o más información.

-Bienvenido Akos, te estábamos esperando- Dijo la asiática con una sonrisa.

-¿Cómo saben mi nombre?

-Sabemos muchas cosas, anticuario, pues nuestro es el deber de cuidar del pozo de Urd- respondió la rubia mientras acariciaba el monolito.
-Sabemos que buscas al muchacho, de nombre Huo- sentencio la morena.

Akos tuvo que luchar para salir de su asombro para poder responder.

-Necesito saber dónde está, por favor, es un asunto urgente.

-Primero las ofrendas, anticuario.

La arcángel se acercó con una bandeja metálica, a lo cual Akos vacío el contenido de sus bolsillos en ella. La muchacha camino lentamente al pedestal y deposito la bandeja con una reverencia. Las tres revisaron los objetos de forma desinteresada, pero ahogaron un suspiro al levantar una pequeña caja de plástico con uno de los viejos CD adentro. En la tapa, se podía leer “disco de instalación para Windows 98”.

-Una ofrenda digna, sin duda- dijo la de cabeza rapada- consultemos al pozo.

Las tres mujeres rodearon al monolito, mientras se conectaban cables que nacían de el a enchufes que tenían detrás de las orejas y en la base de la nuca. El Pozo de Urd se ilumino con varias pequeñas lucecitas, mientras hacía ruidos electrónicos. Akos podría haber reconocido un viejo servidor en donde sea, pero se preguntó cómo esas mujeres podían acceder a toda la red de la ciudad desde ahí. La luz magenta de sus ojos incremento en intensidad, mientras ellas se tomaban de las manos, creando así un triángulo cerrado alrededor del pozo de Urd. Fue la morena la primera en hablar.

-El niño está en los cubículos residenciales, en el territorio de los Long Yu.

-Y acepto un trabajo por parte de un arcángel- continuo la asiática.

-Y un enfrentamiento esta por tener lugar entre los Long Yu y las fuerzas especiales de la policía china- sentencio la rubia- Va a ser una masacre.

La arcángel que lo había acompañado le puso una mano en el hombro, gentilmente.

-Yo me apresuraría si fuese usted, señor Akos. Las fuerzas especiales chinas rara vez dejan testigos.


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Los cubículos residenciales eran una versión moderna de lo que antes se conocía como hostels, pero en vez de alquilar una cama (o habitación, si se disponía del dinero), se alquilaba un compartimiento del tamaño de un ataúd, en donde había suficiente espacio para dormir y guardar las pocas pertenencias que uno llevaría a ese tipo de lugares. Bastante popular entre viajeros que se quedaban solo una noche entre ciudad y ciudad, servían bastante a los cadetes de empresas que estaban en un trabajo de recado.

Pero a diferencia del resto de los cubículos alrededor del globo (y de Hong Kong), el edificio de los Long Yu servía muy bien para ocultarse cuando alguien no quería ser encontrado, pues pocos se arriesgarían a meterse en el bastión principal de una de las bandas criminales de china. Razón por la cual, si las fuerzas especiales irrumpieron en el lugar, no era solo para hacer una redada. Un juego de poderes entre corporaciones y bandas había tenido lugar en el edificio, o tal vez la magnitud del problema se extendía mucho más allá de China, y eso no fue más que un caballo derrotando a un peón.

Sea cual fuera la razón del tiroteo, cuando Akos llegó al lugar, la acción ya había pasado. Cordones holográficos de la policía mantenían a raya a la multitud de vecinos curiosos que se amontonaban en la entrada del edificio, mientras el área era pintada por las luces rojas y azules de los patrulleros. Al levantar la mirada, pudo ver que el octavo piso tenía un cráter humeante que era constantemente rociado por agua mediante los drones del departamento de bomberos. Alejada ligeramente de la multitud, una periodista relataba frente a una cámara la “verdad” de los hechos, contando como los valientes integrantes de las fuerzas especiales irrumpieron un laboratorio clandestino de drogas que resulto ser también el escondite de un grupo terrorista.

Akos se acercó al policía que se encontraba más alejado de la puerta de entrada, vigilando el perímetro y asegurándose que ningún civil cruce el cordón holográfico.

-Disculpe, oficial- espero a tener su atención para continuar- Necesito entrar, alguien a quien yo conocía estaba adentro cuando la… redada ocurrió.

-Lo siento señor, pero no hay sobrevivientes. Tendrá que esperar a que los cuerpos sean transferidos a la morgue para poder identificarlo.

Akos sintió un vacío en el estómago, y tuvo que dominarse para poder seguir hablando.

-¿No hay posibilidad de que sea antes? ¿O de que haya logrado esconderse en el edificio y seguir vivo?

-No, los criminales del Long Yu usaron a los civiles de escudo y las fuerzas especiales no tuvieron otra opción que abrir fuego, dado que tenían suficientes explosivos para volar todo el distrito. Y de nuevo, va a tener que esperar a que los cuerpos sean analizados y transferidos a la morgue.

El anciano noto que al hombre titubeo a la hora de dar una negativa. Tenía sentido, pues era joven y aparentaba haber salido de la academia recientemente. No había sido corrompido por las calles y los ejecutivos de bolsillo profundo.

-Joven, hoy me dieron una paliza que no recibía desde que tenía su edad, y para hacer las cosas peor, la única persona de la cual soy responsable esta extraviada. Se trata de mi nieto de doce años y hasta donde sé, él estaba aquí hace unos minutos. Soy un anciano lisiado que tiene como único objetivo en el día a día criar a una persona que no termine matando y muriendo como los criminales que solían manejar este edificio. Así que le pido por favor, que me deje pasar y saber si sigo teniendo una razón para levantarme en las mañanas.

El oficial apretó los labios, transformándolos en una delgada línea. Suspiro y se sacó la gorra para rascarse la cabeza de forma pensativa. Finalmente, hablo.

-¿Qué aspecto tenía su nieto? ¿Qué ropa llevaba? Tal vez pueda entrar y preguntar si uno de los cadáveres cumple con la descripción que usted me dé.

-Es asiático, de un metro y treinta de altura. Tiene las cienes rapadas y llevaba una chaqueta de cuero sintético rojo, unos vaqueros gastados y zapatillas negras.

El policía tamborilero los dedos en la mejilla, pero negó con la cabeza.

-Esa descripción encaja con la mitad de los chicos de doce años de la ciudad. Hagamos una cosa: le dejo pasar y me acompaña para identificar los cuerpos, si alguien pregunta, usted es uno de los forenses- lo miro al rostro, notando las recientes heridas- Mejor que sea de narcóticos, esos tipos suelen lucir como usted.


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Al entrar al edificio, comprobó que las Nornas no mentían: fue una masacre. Varios cuerpos estaban repartidos por los pasillos, cubículos, y patios. Sangre y agujeros de bala luchaban por el control del decorado de las paredes, mientras que manchas negras de fuegos extinguidos y explosiones pasadas rompían la monotonía dantesca. Todos los cadáveres que pudo ver pertenecían a los pandilleros, pues no parecían haber bajas por parte de las fuerzas especiales. Akos asumió que si había habido muertes por parte de los ejecutores de la ley, los cuerpos habían sido retirados, dejando a la evidencia y la integridad policiaca en segundo plano.

La mayoría de los residentes eran adultos, pero un puñado entraban en la categoría de Huo, así que fueron directamente a los distintos puntos del edificio en donde se encontraban los cuerpos que cumplieran con las descripciones del anciano. Akos había tenido su rasión de muerte en sus días en la guerra, pero aun así no le facilitaba ver cadáveres de niños que apenas eran suficientemente grandes para estar en el secundario. Algunos tenían agujeros de bala en el estómago, otros tenían sangre coagulada alrededor de la boca y la nariz, señal de que habían estado en la onda de choque de un explosivo. Pero ninguno era Huo.

Cuando se dirigían al octavo piso, en donde se encontraba el último cadáver que cumplía con las características anteriormente mencionadas, Akos pudo ver tres cuerpos que le resultaban familiares: eran los tres miembros de los Long Yu que habían entrado en su tienda a la mañana. El rubio había sido acribillado de la cintura para arriba, mientras que uno de los matones tenía la mitad del rostro completamente desfigurado por lo que parecía ser un escopetazo a quemarropa. El tercero se encontraba sentado en el suelo con los ojos abiertos en una expresión estúpida. Al ver más de cerca, el anticuario noto que la parte superior del cráneo había sido aplastado por un golpe contundente.

-¿Los conoces?- pregunto el joven policía a su espalda.

-No mucho, pero la vez que los vi, tenían aspecto de traer problemas.

-Esta vez, se encontraron con un problema- el oficial se encogió de hombros- Vamos, el ascensor al octavo piso está a unos metros de distancia.

Al salir del ascensor, caminaron por un pasillo que terminaba en una puerta completamente destrozada por una explosión, dejando ver una habitación totalmente negra. Al entrar, varios bomberos recorrían el lugar para asegurarse de que todo rastro del fuego haya sido extinguido, mientras orbes metálicas de color rojo y blanco analizaban el lugar por posibles debilidades estructurales. Al verlos entrar, el bombero con mayor rango se les acercó.

-¿Qué están haciendo aquí? El lugar todavía es inseguro.

-El caballero viene a analizar unos cadáveres. Esta tras un caso de narcóticos- Se apresuró a decir el policía.

-Tendrá que esperar hasta que terminemos y mandemos los cuerpos a la morgue. Además, tendría que ver las credenciales en todo caso.
El policía estaba a punto de objetar, pero Akos se apresuró a intervenir.

-En ese caso, mi investigación bien podría irse a la mierda. Es una cuestión de tiempo, y mientras más espero más probabilidad hay de que una situación como esta se repita en otra parte. Así que si no quiere eso en la conciencia, déjeme proceder con mi investigación.

El bombero dejo escapar un gruñido de frustración.

-Bien, si quiere matarse cuando un techo flojo se le caiga encima, no es mi problema. Intente que sea rápido.

Se acercó a un grupo de cadáveres que se encontraban desparramados entre un mueble y el cráter que daba al paisaje de neón de Hong Kong, con sus luces que llegaban hasta el horizonte y sus pirámides ciclópeas, propiedad de las distintas corporaciones, que contrastaban con los bloques de cemento húmedos y sucios que eran los barrios bajos.

Había un total de cinco cuerpos, de los cuales uno parecía tener metro treinta de altura. Chamuscado de pies a cabeza, la tarea de identificarlo era imposible, pero al fin y al cabo, los otros muchachos muertos no resultaron ser Huo, y por un proceso cruel de eliminación este bien podría ser el. Al contemplar a la figura en posición fetal, con toda la piel negra y rugosa, y teniendo en cuenta todos los otros cadáveres que había visto antes, Akos suspiro y llego a una triste conclusión: esto no era muy distinto a las trincheras de Mongolia.

El regreso al departamento fue bastante silencioso y lúgubre. El mundo había dejado de tener color para Akos, y los ruidos a su alrededor no eran más que murmullos a para sus oídos. Por supuesto, tenía cosas urgentes de las cual preocuparse, como de donde sacaría dinero para vivir, ahora que estaba por completo en la quiebra, pero nada de eso parecía importarle ahora. Lo único que quería era llegar, abrir su armario, sacar el vodka y tomar hasta que no pueda dar ni dos pasos sin desmayarse. En las holo pantallas del tren, las noticias hablaron brevemente de lo ocurrido en los cubículos, para luego pasar a anunciar que se ofrecía una recompensa por un tal hacker llamado Mickey, y luego dedicaron todo un segmento para hablar de las prótesis cibernéticas mas candentes.

Al llegar, noto que la puerta estaba sin llave, y que las luces estaban prendidas. Había dejado la tienda sola por todo un día, así que no le sorprendió que alguien haya entrado a robar, pero no tenía ni las energías ni el humor para lidiar con eso.

-Si estás buscando algo para llevarte, puedes formar fila, porque parece que hoy está de moda- dijo gritando desde la puerta- lo único que pido es que no te lleves mi vodka.

-Preferiría tomar pis de vagabundo antes que esa bebida para Húngaros borrachos- la voz que vino por la escaleras sonó demasiado familiar.

Akos se apresuró a subir por la escalera en caracol y vio que la luz de la cocina estaba prendida, con paso indeciso y preguntándose si había perdido la cabeza, se encamino lentamente al lugar en cuestión. Sobre la mesada, y con la boca llena, Huo estaba devorando un pollo entero, y a su lado había bolsas llenas de alimento que parecían haber sido compradas en un lugar nada barato. En la mesa que estaba en la habitación contigua, Akos pudo ver su brazo hidráulico descansando plácidamente.

-¿Cómo…? ¿Qué…?- Le era imposible terminar una frase.

Huo tomo aire antes de contestarle

-La historia corta: acepte el trabajo de un arcángel en los cubículos, y me prometió una gran suma de dinero si llevaba un chip de acceso a la consola del edificio, que estaba bastante custodiada por cierto, para poder tener control de los sistemas de seguridad. Pero en eso los polis entraron a los tiros y pude hacer lo que tenía que hacer. El arcángel me dejo seguirlo a él y a su hacker cuando todo se fue a la mierda, escapando por los acueductos, no sin antes recuperar esa chatarra hidráulica- señalo al brazo- , aunque al ver cuanto me acredito en la cuenta, bien podrías comprarte uno de esos nuevos brazos cibernéticos.

Akos tomo la tarjeta de crédito que estaba sobre la mesada y apretó la parte rugosa para ver cuánto dinero había allí almacenado. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio el numero trecientos setenta y cinco mil en dígitos verdes.

-¿Y todo esto solo por conectar un chip a una consola?

-¿Solo por…?- Huo trago lo que tenía en la boca, antes de seguir indignándose- ¿Sabes lo que ocurrió en los cubículos? En mi vida vi un tiroteo semejante, solo por una persona.

-¿Una persona?

-Sí, el hacker que acompañaba al arcángel. Por una razón las fuerzas especiales lo querían capturar a toda costa. Creo que era un hacker sin amo, ya sabes… un ronin. Tal vez se metió con la corporación equivocada, o tal vez filtro las fotos de desnudos de alguien importante, la cuestión es que era la persona más buscada en toda la puta ciudad.

-¿Y pudieron salvarse simplemente escapando…por las alcantarillas?

-Haces sonar todo como si fuese un juego de niños ¡Fue una guerra en todo el edificio!- Huo suspiro antes de seguir- Por suerte estaba el arcángel.

-¿Qué hay con él?

-No sé, tal vez… sea el hecho de que era la muerte revestida de cromo, y que se cargó a más policías que todos los Long Yu juntos- el muchacho levanto los platos de comida y los llevo a la mesa- pero esa es la versión larga de la historia, así que siéntate anciano, que esta vez me toca a mí contarte una anécdota.