Creo que una forma muy efectiva de sacarle la ficha a alguien (saber cómo piensa, que ideales defiende) es viendo a que tipo de personajes narrativos idolatra y admira. Estos suelen reflejar una forma de pensamiento, que resuenan (o no lo hacen) con ciertas personas, e incluso con culturas enteras. Esto por supuesto, si nos alejamos un poco del plano general y nos acercamos al personal, es un concepto que esta en constante cambio, en eterna mutación. Al fin y al cabo, ¿Quién puede asegurar que la forma de ver al mundo es la misma que cuando se tiene trece años, a la que después termina desarrollando al llegar a los treinta? Me arriesgo a decir que nadie, porque todos cambiamos, incluso la gente mas básica, los que menos se cuestionan a si mismos, terminan con otra línea de pensamiento (sea por experiencias de vida, sea por leer, conocer gente nueva que te hace replantearte cosas, o sea simplemente por la tiranía del tiempo que roba la voluntad para mantenerte en el molde). Todos cambiamos, y con ello, cambian a que personaje de ficción ponemos en nuestro podio personal, consciente o inconscientemente.
Y si me permiten, déjenme contarles mi historia, que arquetipos me acompañaron, cuales se quedaron en el olvido, y quienes estuvieron siempre ahí, ocultos tejiendo sus historias.
Desde que era bien peque, recuerdo que sostenía en alta estima el arquetipo heroico. No es casualidad que mi superhéroe favorito cuando yo tenía cinco años era SuperMan, pese a que (viendo en retrospectiva al menos) yo conocía poco y nada de las características del personaje. Sabía que podía volar, sabía que era fuerte y sabía que le gustaba mirar a los malos desde arriba con los brazos cruzados y su quijada poderosa. Eso era lo único que me bastaba, no necesitaba encontrarle grandes motivaciones, simplemente me conformaba de que sea “el tipo bueno” que me mostraba la serie de dibujitos animados “Los Super Amigos”.
Eventualmente deje a Clark Kent (pasarían varios años antes de que conozca su verdadero nombre Kriptoniano), pero su huella había quedado en mi conciencia. Por gran parte de mi infancia y comienzos de mi adolescencia, me encontré cautivado por los relatos de caballeros y paladines, esos que son incuestionablemente puros y buenos, que representan la luz y luchan contra el mal en todas sus formas, sin clemencia, sin cuartel y sin misericordia. Esto claro, estaba altamente influenciado por otros factores, como el dejo de una crianza relativamente cristiana, haber nacido en una familia de clase media, y por supuesto, la sociedad y sus cientos de constructos.
Pero un personaje, medio a las escondidas, se infiltro en mi conciencia cuando era un nene de seis o siete años (mas o menos. Soy malo con fechas y edades). Yo apenas lo note por ese entonces, y serian unos cuantos años después cuando lo reconocería por lo que fue, es y será. Aunque pensando en retrospectiva, tiene todo el sentido su secretismo, porque el pertenece al grupo de personajes que engañan, que timan y que en varias ocasiones, usan infinidades de máscaras. El fue el primer trickster que me encontré.
Todo fue con la llegada de la primera PC a casa, que marcaba el comienzo del modernismo (porque en ese momento, no era tan común tener una computadora personal en casa de familia, no en Argentina al menos). Mis viejos, aunque limitando el uso que le dábamos a la pc mis hermanos y yo, nos consiguieron un par de programas y juegos para que nos vayamos familiarizando con el aparato. Fueron varios, algunos que no recuerdo, y otros que los tengo grabados para siempre en mi memoria (uno de ellos fue el mítico Age of Empires, pero eso es una historia para otro momento), pero entre ellos, había un disco que era una suerte de enciclopedia virtual del mundo animal. El nombre se perdió en el tiempo, pero recuerdo que consistía en un mapamundi, que te llevaba por distintas regiones del mundo, en donde un elenco de distintos personajes te presentaban mediante audios, fotos y texto los distintos animales de la zona, con sus datos básicos, y sus leyendas locales. El elenco en cuestión estaba formado por distintos tipos de personajes, desde la científica asiática, el veterinario Yanqui, y una suerte de montaraz australiano.
Este último es el que mas me llamaba la atención: con su sombrero de ala doblada, y un cinturón de dientes de cocodrilo que coronaba al mismo, un chaleco de cuero oscuro y un bigote tupido, parecía un hombre que había juntado mucho kilometraje debajo de sus pies.
En una de sus cuantas lecciones, en el continente africano, contaba una fábula antigua. Los detalles de la misma son difusos a la hora de escribir esto (explicaba los orígenes de un río, aunque podría equivocarme), pero el detalle que hasta el día de hoy esta conmigo, es la ultima frase de la lección: “Cuando cuentes esta historia, recuerda decir que le pertenece a Anansi, la araña teje cuentos. Pues a él le pertenecen los relatos”.
Cada vez que escuchaba esa parte, algo no me cerraba ¿Por qué Anansi era una araña? Como estaba aprendiendo con esa enciclopedia, África esta llena de animales mucho mas grandes e imponentes que un arácnido pequeño: Leones, elefantes, rinocerontes y cheetas. ¿Cómo era que alguien tan pequeño, tan pigmeo, podría tener suficiente poder como para ser dueño de las historias? Se suponía que aquellos que manejaban tal poder eran los grandes, los fuertes: dragones, caballeros en brillante armadura y espadas enormes, superhéroes que podían volar y bajar de una trompada a una montaña.
Me sacudí (o al menos eso creí) a Anansi de encima, considerándolo como una mera curiosidad, aunque nunca le contaba sus historias a mis amigos por miedo a olvidarme de mencionar a quien pertenecían, y sufrir la cólera del tejedor de historias, y segui idolatrando a los héroes poderosos y buenos.
Llegando al fin del séptimo grado de la primaria, tenia un personaje recurrente de mi propia autoría que simbolizaba todo lo que creía que estaba bien en el mundo: Era un caballero que podía saltar de un mundo a otro, y pertenecía a una orden de caballería que se dedicaba pura y únicamente a impartir justicia, a encontrar el mal en donde quiera que este se encuentre y plantarle cara para vencerlo en épica batalla. Si el concepto les parece una bosta atómica, no están equivocados, porque siempre metia a este personaje en historias que no eran mías, pero que me gustaban (en su momento al menos): Luchaba al lado de Harry Potter y compañía, se involucraba en las historias de los múltiplos planos del juego de cartas Magic the Gathering, etc. Todo el tiempo eclipsando a los personajes originales, estando siempre en control de la situación, y haciendo que esos mismos personajes lo observasen con admiración.
Si, escribía (o imaginaba al menos) fan-fiction antes de enterarme de la existencia del termino. Les concedo unos minutos para reírse.
Aunque en el ínterin de todo esto, unos años atrás antes de egresarme de la primaria, mi vieja trae del laburo unos comics para mis hermanos y yo. En ese momento ella laburaba en pleno microcentro, y tenía cerca del lugar en donde ella trabajaba un puesto de diarios en donde el tipo que lo atendía entendía una cosa o dos acerca de comics, porque lo que mi vieja saca de la cartera es el primer número de Amazing Spider-Man (de esa tirada obvio, no EL primer número de ASM. Eso ya sería muy loco).
El personaje ya lo conocía gracias a, de nuevo, una serie de televisión. Pero el super héroe que aparecía en las páginas era mucho más interesante, diez veces más complejo. Fue amor a primera vista.
A diferencia de muchos de mis héroes previos, el no era un tipo enorme con músculos como montañas, ni un paragón solemne de la justicia, mas bien todo lo contrario: era de contextura mas bien chica, y no podía levantar a un edificio con sus propias manos. Aunque era (y es) indudablemente bueno, no perdía la ocasión para gastar a sus enemigos (y a veces a sus aliados), tirando unos chistes que a día de hoy me sacan una risa. Y no vencía a sus oponentes con fuerza bruta, sino mas bien engañándolos, distrayéndolos, siendo mas inteligente que ellos.
Otro trickster, y una araña encima de todo.
Al salir de la primaria, yo venia arrastrando los valores morales del personaje heroico antes mencionado. Esto se debía también a que todo el mundo a mi alrededor, incentivaba y recompensaba alguien con esas características: desde mi familia que se enorgullecía de que yo era super educado y nada quilombero, al colegio que me vivía dando la medalla del mejor compañero (y de mas esta decir, que las maestras me adoraban y me vivían poniendo de ejemplo de conducta ideal). Ya se que parece que estoy dándome palmaditas en la espalda, fanfarroneado de lo que yo una vez fui, pero créanme cuando les digo que en retrospectiva, no lograron crear a un individuo fuerte. El gran problema y punto de inflexión, como en todas las historias, fue la adolescencia. Mas específicamente, el secundario.
Lejos esta mi intención al escribir esto tirar culpas y señalar con el dedo a nadie, pero sea por azar o por simple ignorancia de mis viejos (y porque no, también mía), termine yendo a uno de los peores secundarios para una persona con mis cualidades. Desde afuera, el edificio era una cárcel, y por dentro, lo era. En primer año, yo era uno de los pocos que estaba en edad para estar en ese curso, todo el resto de mis compañeros me sacaban mínimo, tres años. No creo que les cueste hacerse la imagen de las diferencias físicas como de personalidad entre un pibe de trece años, y varios de dieciséis y diecinueve. No ayudaba nada que las autoridades en ese colegio tenían menos autoridad que guardia de seguridad de shopping y por consecuencia, todos ahí se manejaban con un código de violencia para el cual yo no estaba preparado.
Fue ahí, cuando los ideales de nobleza y justicia que traía conmigo se desmoronaron catastróficamente, cuando me di cuenta que el mundo podía ser y era totalmente despiadado, que no había tal cosa como una idea omnipresente de justicia y que eventualmente hacia que el malo pagase por sus crímenes.
Y es en ese entonces, en mis peores años y mientras odiaba a la vida, cuando volvia del colegio llorando en la calle porque mis compañeros me hacían la vida imposible y yo sin poder hacer algo al respecto, que la figura del trickster volvió a presentarse. Vino desde las sombras, con una sonrisa de triunfo y en vez de intentar demostrarme que el mundo era bueno y que lo único que tenia que hacer era tener esperanza, me tiro un pañuelo a mis pies y me dijo “limpiate esas lagrimas y soplate esos mocos, que ahora te voy a mostrar de que va la cosa”. Deje de un lado a los caballeros y a los super héroes, y empecé a leer y escuchar las historias de antihéroes y parias, aquellos que habían visto lo peor de la sociedad y resolvieron ser mas astutos que el resto del mundo. Si no podían vencerlos mediante la fuerza, entonces el engaño y la manipulación serian su ariete de batalla. Muchos de ellos serian villanos, y otros simplemente simpatizantes del lado de los héroes: El Joker, Loki, Eddie Dean, Henry Case, Lucifer, Sun Wukong. Esos son apenas unos pocos de los cuantos tricksters que se me cruzaron desde ese entonces, aunque están lejos de ser los últimos.
Al mismo tiempo de estar descubriendo ese tipo de personaje, encontré lo que a día de hoy considero mi vocación: la escritura creativa. Tal vez fue porque tenía muchos sentimientos contenidos (bronca, más que nada), tal vez fue porque tenia muy poca vida social y tiempo de sobra en mis manos, pero una y otra vez me veía soñando despierto y pensando en cuentos cortos y proyectos de futuras novelas (sagas, inclusive).
En resumidas cuentas: me di cuenta que se me daba tejer historias.
Luego de sobrevivir a los tres primeros años y cambiarme de colegio, logre salir del pozo de mierda en donde me encontraba gracias a empezar terapia y claro, estando en un nuevo ambiente mucho menos hostil. Pero las secuelas quedaron: lejos había dejado mis ideales ingenuos, empecé a darle mucho mas bola a relatos en donde no había blancos y negros, sino una compleja escala de grises, y por supuesto, en donde no faltaba mi nuevo arquetipo de personaje preferido.
Anansi volvió a aparecer, primero en “Hijos de Anansi” y luego en “American Gods”, dos novelas escritas por Neil Gaiman. Con una nueva perspectiva y con un par de años mas de experiencia, esta vuelta lo pude reconocer por lo que el era, y mi admiración por el no había hecho más que aumentar. En estas dos versiones, el era irrespetuoso y tenia una larga lista de enemigos, pero eso no le impedía zafar de la mayoría de las situaciones y tirar frases reveladoras a los protagonistas de cada una de las novelas (el no era el personaje principal, no. El era aquel que se mantiene en las sombras, fuera del foco del luz, pero eso no quiere decir que no este tejiendo la historia).
Para los que llegaron hasta aca y les de paja usar google, tal vez se estén preguntando: ¿Qué es un trickster? El nombre en nuestro idioma seria “Pícaro divino”, pero siendo sincero ese termino no le hace justicia a tremenda figura, ya que le falta elegancia, le falta forma.
La diferencia entre el pícaro común y corriente y el trickster, es que este último por lo general es mas que un mero humano, y es bastante común que su naturaleza sea mágica. Podría dar varios ejemplos de tricksters conocidos, algunos ya los mencione mas arriba (Orfeo, Prometeo, Huehuecoyotl, Circe son algunos populares que me olvide de nombrar), pero voy contarles de uno que para mi, es uno de los mejores personajes ficcionales: John Constantine.
Constantine es un personaje de la editorial de comics Vertigo, creado por Alan Moore y luego complejizado por unos cuantos guionistas y escritores de lujo. El personaje en cuestión, es un mago oriundo de Liverpool pero radicado en Londres, ex punk rocker y con una tendencia eterna a ser “el hombre incorrecto en el momento y lugar adecuado”.
Pese a ser adepto a la magia (o un maestro de las artes místicas y ocultas, se podría decir), el no tiene en su repertorio hechizos estrambóticos, como bolas de fuego o rayos de colores que salen de una varita, sino que como todo buen trickster, usa el engaño como su principal arma (“el secreto de la magia, es hacer que las personas miren para el lado equivocado” suele decir). Un claro ejemplo de esto, es en el arco argumental “Hard Time”, en donde el termina preso en una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos. Y es en este arco argumental en donde casualmente, me di cuenta por primera vez del porque la figura del trickster resonó tanto conmigo en los últimos años.
El ambiente en donde se encontraba era, salvando las abismales distancias, similar a la cárcel/secundario que yo pise cuando rondaba los trece años. Ahí, el era el tipo nuevo, rodeado de gente mucho más grande y físicamente fuerte que el, pero no por eso más peligrosa. La diferencia entre Constantine y yo, era que para cuando el era guiado a su nueva celda por los pasillos de la cárcel, el ya tenía kilometraje bajo sus zapatos: Ya había sufrido, había perdido a gente cercana, y había hecho pactos con ángeles, demonios y seres antediluvianos.
Esto es lo que le permite sobrevivir en un ambiente tan hostil, usando el engaño, la astucia y ocasionalmente, la magia. No voy a entrar mas en detalles, dado que no quiero arruinarles la lectura a aquellos que se sientan intrigados por este personaje, pero si voy a agregar una frase simple pero magistral, que encapsula porque John Constantine es un trickster en toda regla, y uno de mis favoritos además de eso: Cuando uno de los presidiarios le pregunta el porque de su estadía en la cárcel, el se limita a responder, llevándose un pucho a los labios: “¿Yo? Yo evite que el diablo siguiera sufriendo”.
A día de hoy, estoy cursando la carrera de Artes de la Escritura, en la Universidad Nacional de las Artes. Y no les voy a mentir, cada vez que me siento a escribir para alguno de los talleres que conforman la carrera, recuerdo a la araña teje historias, y me es más fácil engañar a la gente, haciéndoles creer que por leer la secuencia de letras que pongo sobre el papel, mundos inimaginables toman vida, en donde personajes ficticios (pero muy reales a la hora de la lectura) existen, con sus complejidades y características. Cuando las cosas me salen bien, logro que la gente deje de pensar que esta mirando a una hoja A4 con letras entintadas, y piense que esta siendo testigo de otra cosa.
En una de esas, el día de mañana puedo unirme a la liga de los Tricksters.
sábado, 13 de octubre de 2018
domingo, 18 de febrero de 2018
Ceniza
Ceniza. Ella es la ceniza más hermosa que conocí.
Su boca sabia a cenizas por el pucho que sostenía en su mano mientras yo lograba algo que llevaba años sin conseguir.
Ceniza.
Meses después, la sigo saboreando en mi boca. Cuando no me responde, cuando nos vemos y nos mentimos diciendo que esa noche nunca paso. Es el sabor de algo frio, de un fuego que ya no es más.
Al igual que la ceniza, ella es más liviana que el aire, y un simple te amo no dicho la disipa al viento.
En noches de verano, cuando me siento frio por no sentir su calor a mi lado, escucho al poeta irlandés Patrick Kavanagh hablando con la voz Luke Kelly, diciéndome:
“Mi razón debe comprender que he amado
No como debería,
A una criatura hecha dearcilla ceniza”
Y rio (y lloro) al recordar que la felicidad, aunque haya durado tres horas, sigue siendo felicidad.
Y la belleza de las cosas radica en su existencia, no en su duración (sostengo la infinidad en la palma de mi mano y la eternidad en una hora, siguiendo las instrucciones de un poema).
Ahora, esto es lo que me queda de ella, el placer y el sufrimiento. La felicidad, la ansiedad y la depresión.
Y el recuerdo de que es la ceniza más hermosa que conocí.
Su boca sabia a cenizas por el pucho que sostenía en su mano mientras yo lograba algo que llevaba años sin conseguir.
Ceniza.
Meses después, la sigo saboreando en mi boca. Cuando no me responde, cuando nos vemos y nos mentimos diciendo que esa noche nunca paso. Es el sabor de algo frio, de un fuego que ya no es más.
Al igual que la ceniza, ella es más liviana que el aire, y un simple te amo no dicho la disipa al viento.
En noches de verano, cuando me siento frio por no sentir su calor a mi lado, escucho al poeta irlandés Patrick Kavanagh hablando con la voz Luke Kelly, diciéndome:
“Mi razón debe comprender que he amado
No como debería,
A una criatura hecha de
Y rio (y lloro) al recordar que la felicidad, aunque haya durado tres horas, sigue siendo felicidad.
Y la belleza de las cosas radica en su existencia, no en su duración (sostengo la infinidad en la palma de mi mano y la eternidad en una hora, siguiendo las instrucciones de un poema).
Ahora, esto es lo que me queda de ella, el placer y el sufrimiento. La felicidad, la ansiedad y la depresión.
Y el recuerdo de que es la ceniza más hermosa que conocí.
El zaguán
Por Olazabal, justo entre Freire y Zapiola, hay un zaguán viejo que se ve desde la calle. Es largo y siempre esta plagado de hojas secas, manteniéndose en un estado de perpetuo otoño.
Al final del pasillo, vive una bruja.
Ella esta ahí desde que tengo memoria, desde que era un pibe. Al principio, pensé que era la típica viejecita (siempre fue una anciana) de barrio, de esas que se dedicaba a alimentar a los gatos callejeros de la zona.
En mi defensa, siempre la vi haciendo eso, aunque su cariño no se extendía solamente a los felinos: cada vez que pasaba al frente del zaguán con Sid, un border collie que esta conmigo desde mi adolescencia, ella siempre salía a recibirnos y le ofrecía un tarro de agua fresca.
En otra ocasión, vi como manejaba con delicadeza a una paloma con un ala rota y se la llevaba a la puerta al final del zaguán, solo para volver y aparecer con una escalera para buscar entre las ramas de un árbol cercano y encontrar un nido escondido entre ellas, y llevárselo para su casa.
Sin embargo, con las personas tenía un trato distinto. Si yo me la cruzaba sin estar con Sid, ni me dirigía la palabra. La vi mas de una vez discutir y putearse con los vecinos y transeúntes, haciendo que se gane el título de “La loca del barrio”.
Recuerdo que para cuando yo comencé a ir al secundario, hubo una gran movida inmobiliaria por la zona, y muchos edificios y terrenos fueron vendidos, demolidos y reconstruidos. En la cuadra de Olazabal entre Freire y Zapiola se vendieron todas las propiedades. Todas salvo el zaguán. Cada vez que se escuchaba un portazo, siempre se veía salir del pasillo a un hombre de negocios decepcionado. Luego de unas semanas de ver entrar y salir a agentes inmobiliarios, mientras paseaba al perro, la encontré a ella garabateando símbolos en el pórtico del zaguán con lo que parecía una tiza roja, todo esto mientras tarareaba una canción lúgubre en un idioma que no lograba reconocer. A día de hoy me acuerdo como Sid empezó a gimotear y escondió su cola entre las patas cuando nos acercamos. Al reparar en el, ella lo reconforto en ese idioma desconocido, cosa que pareció tener un efecto positivo en Sid, que comenzó a saltar de alegría de un momento a otro. Cuando nos alejamos lo suficiente (casi hasta llegar a la esquina) ella retomo su tarea.
Los hombres de negocios no la volvieron a molestar luego de ese día..
Cuando yo tenía dieciséis años, pude ver qué había detrás de la puerta al final del zaguán.
Era el verano del 2002, y como siempre hacia el recorrido habitual para pasear a Sid, cruce al frente de su casa mientras ella volvía a llenar los recipientes con agua para los animales callejeros.
Al pasar frente a ella, dejo de hacer lo que estaba haciendo y se arrodillo frente a Sid. Mientras lo acariciaba la cabeza con compasión materna, me dijo sin apartar los de mi perro: “Esta enfermo. Pasate por mi casa cuando falte una hora para la salida del sol y puede que te de algo para curarlo”.
Le agradecí y le dije que lo tendría en cuenta, y seguí con mi paseo matutino, asumiendo que era uno de sus muchos desvaríos de vieja senil.
Tres semanas después, luego de que Sid vomitara rojo, lo llevamos al veterinario y nos informó que tenía cáncer intestinal. El tratamiento nos costaba mucho mas de lo que podíamos pagar, y aún así no había garantía de que lo ayudara. Parecía que Sid no llegaría a los siete años.
Creo que jamás voy a olvidar la primera vez que cruce el umbral de la bruja.
Fue una madrugada de verano, a las dos semanas de que el veterinario me haya dicho que mi perro se estaba muriendo.
Yo me había bajado del colectivo en Balbín luego de una noche llena de ginebra en un intento de ahogar la tristeza, y estaba caminando por Olazabal cuando me encontré a la entrada del zaguán. Al final del mismo, se podía ver luces encendidas a travez de la ventanita del la puerta.
A día de hoy, me pregunto porque me metí en el zaguán, pero creo que jamás podre justificar mi accionar en aquella noche de verano. Sería como intentar explicar por qué hacemos las cosas en los sueños. Simplemente suceden.
Lo único que recuerdo con claridad es el crujir de las hojas secas bajo mis zapatillas y el frio otoñal que reinaba entre esas paredes invadidas por una enredadera. Mi memoria llega hasta que gire el picaporte, ya que lo que le sigue, no es mas que un delirio febril en mis recuerdos.
Lo único que puedo evocar de esa noche en estos momentos, es que en vez de encontrarme con el interior de un hogar al cruzar la puerta, lo que vi fue un paisaje de túmulos en un bosque bajo las estrellas.
Escuche su voz, que provenía de todos los lugares y de ninguno, preguntándome que estaba dispuesto a pagar para que Sid siguiera viviendo (aunque ella utilizo un nombre distinto, un nombre más real). Yo le respondí que estaba dispuesto a pagar con mi vida, a lo que ella se rio y me respondió que no seria necesario tanto, aunque si algo bastante similar: mi vitalidad, mi vigor.
Yo accedí sin dudarlo.
Mi siguiente recuerdo fragmentado es el de ella frente a mi, totalmente desnuda: pelo plateado y largo atado en una trenza gruesa, tetas arrugadas y caídas, pero grandes. Caderas anchas y un vello púbico desenmarañado y gris. Ella me despojo de mi ropa con una habilidad conseguida en años (o siglos, o tal vez mileños) de práctica.
Antes de que pueda advertirle de que no tenia forro, ella me tiro sobre la hierba fresca y con un hábil movimiento de caderas, siento su calor interno. A medida que ella se mueve para adelante y para atrás, deja de ser una anciana ante mis ojos y paso a ver a un ser de piel azulada, casi de zafiro, con un pelo dorado (no rubio ni de oro, dorado) y unos ojos de jade.
Cuando siento que estoy por llegar al éxtasis, le advierto que estoy por acabar e intento agarrarla por sus caderas pero ella me susurra una palabra en ese extraño idioma mientras me clava sus brillantes ojos verdes.
Lo último que recuerdo es tirar la cabeza para atrás mientras llegaba al orgasmo, y ver el firmamento estrellado con constelaciones imposibles.
Al día siguiente, me desperté con la madre de todas las resacas, y totalmente abatido. Termine sacando a Sid a eso de las cuatro de la tarde, y a medida que nos acercamos a la entrada del zaguán, la vi a ella esperándonos en la vereda mirándonos fijamente.
Cuando la tuve al frente, pensé en preguntarle si mis recuerdos de anoche eran parte de un sueño o realidad, pero ella me ignoro por completo y se arrodillo al lado de mi perro. Le susurro algo (de nuevo en ese idioma desconocido) y le planto un largo beso en la frente. A continuación, se dirigió a mi y me dijo que ahora viviría por varios años mas, y que cuando llegase el momento que su cuerpo cediese ante la implacable muerte, podía dejárselo a ella para que lo llevase a un lugar mejor. Hasta entonces, ella me dijo/ordeno que ignorase por completo su existencia.
Al decir esto último, yo asentí y me di cuenta que estaba hablando con la vieja loca del barrio y seguí mi camino, decidiendo que evitaría la calle en donde ella vivía de ahora en mas.
Sid se recupero milagrosamente de su condición y el veterinario barajo la idea de que el se había equivocado en su diagnostico. Ni perro viviría para llegar a sus veinte años.
Para cuando Sid estaba en las ultimas, yo ya tenía veintisiete y me había mudado a un departamento de Almagro, pero había vuelto para cuidar de la casa mientras mis viejos estaban de vacaciones y para hacerle compañía al perro, que como ya dije, estaba llegando al final de su vida.
En una de esas noches, agarré la correa para darle su paseada diaria (a esta altura, solo salía una vez al día y había que cargarlo para bajar y subir las escaleras) y vi en sus ojos que esta sería su ultima paseada.
Lo lleve sin correa, dejando que el caminase a su ritmo, hasta que se detuvo frente a la entrada del zaguán. Alguien había pintado un grafiti en la pared, retratando a una mujer de piel azul y un pelo dorado largo y arremolinado, que casi parecía una corona de alguna deidad hindú.
Desde aquella mañana milagrosa, en donde Sid había tenido su recuperación repentina, yo había ignorado (e incluso evitado) ese pasillo en donde incluso en verano, reinaba el otoño.
Fue en ese momento, cuando ambos mirábamos desde lejos a la puerta de roble al final del pasillo, que el hechizo se disipó, y luego de años volví a caminar por aquel zaguán alfombrado con hojas secas. Lo miré a Sid, y el me miro a mi, y los dos supimos que era hora de llegar al otro lado.
Con marcha solemne, nos dirigimos al final del pasillo mientras pateábamos las hojas secas y nos acercábamos al final del trayecto. Al llegar a la puerta, toque tres veces de forma fuerte y espaciada, y el picaporte giro al poco rato.
Lo que me recibió al otro lado del umbral no fue la anciana que me esperaba, sino una mujer joven, de pelo rubio casi blanco, ojos color esmeralda y una piel pálida como el mármol que era recorrida por un entramado de venas azules que se notaban en su totalidad gracias a la ausencia total de ropa. A su espalda un paisaje boscoso se extendía bajo un velo nocturno, en donde varios seres que se escapaban a mi vista se paseaban con libertad.
Cuando ella me miró a mi, y luego al viejo border collie que se encontraba al lado mío, supe que era el momento de despedirme.
Me arrodille junto a el, sostuve su cabeza con mis manos y le plante un largo beso en la frente. Le agradecí todos los momentos que me había regalado y luego de decirle que lo amaba, sentí como la garganta se me secaba y unas tibias lágrimas corrían por mis mejillas. El me lamio la cara mientras movía la cola, antes de alejarse al bosque eterno.
No sé cuánto tiempo estuve arrodillado mientras sollozaba, con mi rostro escondido entre mis manos, pero en un momento sentí una mano delicada en mi hombro y al levantar la mirada, la vi a ella contemplándome con compasión. Me dijo con un susurro similar a una brisa, que podría pasar a ver a Sid (aunque ella usó otro nombre) cuando yo estuviese por llegar al último de mis días.
Me afirmo que no tendría que esperar demasiado. Luego de decir esto, me ayudo a levantarme y me escolto a la calle.
Pasaron los años, el barrio cambió y yo me mude con mi mujer de nuevo a Belgrano, no lejos de mi antigua casa en donde pase mi infancia y adolescencia.
Cuando yo estaba por llegar a los cuarenta, me diagnosticaron cáncer intestinal. La doctora fue honesta conmigo y me dijo que incluso con quimioterapia (que costaría una fortuna), las posibilidades de que yo viviera para fin de año eran pocas. Me dijo que lo que mejor que podía hacer es poner mis asuntos en orden, empezar terapia si es que lo encontraba necesario, y ocupar el tiempo que me quedaba con mis seres queridos. Le agradecí por su sinceridad y le dije que eso es justamente lo que haría.
En el camino de vuelta a casa, empecé a ensayar lo que le diría a Vanina, mi mujer, cuando sin darme cuenta me encontré ante el umbral del zaguán de la calle Olazabal.
Con una sonrisa, y sin sentir el peso de la muerte sobre mis hombros, me dirigí a la puerta al final del pasillo, aquella que siempre tiene una luz encendida a través de una ventanita y es precedida por un ejército de hojas secas.
Golpee tres veces la vieja puerta de roble, y lo que me recibió al otro lado del umbral no fue ni una anciana ni una joven con cabello ceniciento: lo que se encontraba ante mi era aquel ser que me llevo al éxtasis aquella noche que era de otoño/verano. Con un movimiento grácil de su brazo de lapislázuli, me invito a que pasara a su bosque eterno.
Esta vez el sol estaba presente, pero se estaba ocultando entre la arboleda sin fin que conformaba el horizonte, empapando todo de un naranja cálido. A medida que me guiaba por senderos invisibles, descubría animales que creía extintos y otros que jamás hubiese imaginado que existieran: un grupo de dodos correteaban por entre las raíces de un sauce. Un tigre de Tasmania se rascaba la parte trasera de su oreja arriba de una roca. Una ave de fuego sobrevolaba por arriba de nuestras cabezas, y una manada de caballos alados se refrescaban en un arrollo. Vi a una criatura espeluznante con cara de hombre (aunque sus dientes no eran nada humanos), con cuerpo de león y cola de escorpión, acechándome desde la copa de los arboles, pero con un silbido mi anfitriona lo convenció de que me dejase en paz.
Al llegar a un claro entre el medio de la arboleda, un border collie disfrutaba de los últimos rayos de sol. Cuando grite su nombre, se le irguieron las orejas, me miro y se dirigió corriendo hacia mi, con esa cara de felicidad que solo son capaces de tener los perros.
Mientras lo abrazaba, no pude evitar pensar que una muerte temprana no era un mal precio a pagar, si esto es el resultado.
Al final del pasillo, vive una bruja.
Ella esta ahí desde que tengo memoria, desde que era un pibe. Al principio, pensé que era la típica viejecita (siempre fue una anciana) de barrio, de esas que se dedicaba a alimentar a los gatos callejeros de la zona.
En mi defensa, siempre la vi haciendo eso, aunque su cariño no se extendía solamente a los felinos: cada vez que pasaba al frente del zaguán con Sid, un border collie que esta conmigo desde mi adolescencia, ella siempre salía a recibirnos y le ofrecía un tarro de agua fresca.
En otra ocasión, vi como manejaba con delicadeza a una paloma con un ala rota y se la llevaba a la puerta al final del zaguán, solo para volver y aparecer con una escalera para buscar entre las ramas de un árbol cercano y encontrar un nido escondido entre ellas, y llevárselo para su casa.
Sin embargo, con las personas tenía un trato distinto. Si yo me la cruzaba sin estar con Sid, ni me dirigía la palabra. La vi mas de una vez discutir y putearse con los vecinos y transeúntes, haciendo que se gane el título de “La loca del barrio”.
Recuerdo que para cuando yo comencé a ir al secundario, hubo una gran movida inmobiliaria por la zona, y muchos edificios y terrenos fueron vendidos, demolidos y reconstruidos. En la cuadra de Olazabal entre Freire y Zapiola se vendieron todas las propiedades. Todas salvo el zaguán. Cada vez que se escuchaba un portazo, siempre se veía salir del pasillo a un hombre de negocios decepcionado. Luego de unas semanas de ver entrar y salir a agentes inmobiliarios, mientras paseaba al perro, la encontré a ella garabateando símbolos en el pórtico del zaguán con lo que parecía una tiza roja, todo esto mientras tarareaba una canción lúgubre en un idioma que no lograba reconocer. A día de hoy me acuerdo como Sid empezó a gimotear y escondió su cola entre las patas cuando nos acercamos. Al reparar en el, ella lo reconforto en ese idioma desconocido, cosa que pareció tener un efecto positivo en Sid, que comenzó a saltar de alegría de un momento a otro. Cuando nos alejamos lo suficiente (casi hasta llegar a la esquina) ella retomo su tarea.
Los hombres de negocios no la volvieron a molestar luego de ese día..
Cuando yo tenía dieciséis años, pude ver qué había detrás de la puerta al final del zaguán.
Era el verano del 2002, y como siempre hacia el recorrido habitual para pasear a Sid, cruce al frente de su casa mientras ella volvía a llenar los recipientes con agua para los animales callejeros.
Al pasar frente a ella, dejo de hacer lo que estaba haciendo y se arrodillo frente a Sid. Mientras lo acariciaba la cabeza con compasión materna, me dijo sin apartar los de mi perro: “Esta enfermo. Pasate por mi casa cuando falte una hora para la salida del sol y puede que te de algo para curarlo”.
Le agradecí y le dije que lo tendría en cuenta, y seguí con mi paseo matutino, asumiendo que era uno de sus muchos desvaríos de vieja senil.
Tres semanas después, luego de que Sid vomitara rojo, lo llevamos al veterinario y nos informó que tenía cáncer intestinal. El tratamiento nos costaba mucho mas de lo que podíamos pagar, y aún así no había garantía de que lo ayudara. Parecía que Sid no llegaría a los siete años.
Creo que jamás voy a olvidar la primera vez que cruce el umbral de la bruja.
Fue una madrugada de verano, a las dos semanas de que el veterinario me haya dicho que mi perro se estaba muriendo.
Yo me había bajado del colectivo en Balbín luego de una noche llena de ginebra en un intento de ahogar la tristeza, y estaba caminando por Olazabal cuando me encontré a la entrada del zaguán. Al final del mismo, se podía ver luces encendidas a travez de la ventanita del la puerta.
A día de hoy, me pregunto porque me metí en el zaguán, pero creo que jamás podre justificar mi accionar en aquella noche de verano. Sería como intentar explicar por qué hacemos las cosas en los sueños. Simplemente suceden.
Lo único que recuerdo con claridad es el crujir de las hojas secas bajo mis zapatillas y el frio otoñal que reinaba entre esas paredes invadidas por una enredadera. Mi memoria llega hasta que gire el picaporte, ya que lo que le sigue, no es mas que un delirio febril en mis recuerdos.
Lo único que puedo evocar de esa noche en estos momentos, es que en vez de encontrarme con el interior de un hogar al cruzar la puerta, lo que vi fue un paisaje de túmulos en un bosque bajo las estrellas.
Escuche su voz, que provenía de todos los lugares y de ninguno, preguntándome que estaba dispuesto a pagar para que Sid siguiera viviendo (aunque ella utilizo un nombre distinto, un nombre más real). Yo le respondí que estaba dispuesto a pagar con mi vida, a lo que ella se rio y me respondió que no seria necesario tanto, aunque si algo bastante similar: mi vitalidad, mi vigor.
Yo accedí sin dudarlo.
Mi siguiente recuerdo fragmentado es el de ella frente a mi, totalmente desnuda: pelo plateado y largo atado en una trenza gruesa, tetas arrugadas y caídas, pero grandes. Caderas anchas y un vello púbico desenmarañado y gris. Ella me despojo de mi ropa con una habilidad conseguida en años (o siglos, o tal vez mileños) de práctica.
Antes de que pueda advertirle de que no tenia forro, ella me tiro sobre la hierba fresca y con un hábil movimiento de caderas, siento su calor interno. A medida que ella se mueve para adelante y para atrás, deja de ser una anciana ante mis ojos y paso a ver a un ser de piel azulada, casi de zafiro, con un pelo dorado (no rubio ni de oro, dorado) y unos ojos de jade.
Cuando siento que estoy por llegar al éxtasis, le advierto que estoy por acabar e intento agarrarla por sus caderas pero ella me susurra una palabra en ese extraño idioma mientras me clava sus brillantes ojos verdes.
Lo último que recuerdo es tirar la cabeza para atrás mientras llegaba al orgasmo, y ver el firmamento estrellado con constelaciones imposibles.
Al día siguiente, me desperté con la madre de todas las resacas, y totalmente abatido. Termine sacando a Sid a eso de las cuatro de la tarde, y a medida que nos acercamos a la entrada del zaguán, la vi a ella esperándonos en la vereda mirándonos fijamente.
Cuando la tuve al frente, pensé en preguntarle si mis recuerdos de anoche eran parte de un sueño o realidad, pero ella me ignoro por completo y se arrodillo al lado de mi perro. Le susurro algo (de nuevo en ese idioma desconocido) y le planto un largo beso en la frente. A continuación, se dirigió a mi y me dijo que ahora viviría por varios años mas, y que cuando llegase el momento que su cuerpo cediese ante la implacable muerte, podía dejárselo a ella para que lo llevase a un lugar mejor. Hasta entonces, ella me dijo/ordeno que ignorase por completo su existencia.
Al decir esto último, yo asentí y me di cuenta que estaba hablando con la vieja loca del barrio y seguí mi camino, decidiendo que evitaría la calle en donde ella vivía de ahora en mas.
Sid se recupero milagrosamente de su condición y el veterinario barajo la idea de que el se había equivocado en su diagnostico. Ni perro viviría para llegar a sus veinte años.
Para cuando Sid estaba en las ultimas, yo ya tenía veintisiete y me había mudado a un departamento de Almagro, pero había vuelto para cuidar de la casa mientras mis viejos estaban de vacaciones y para hacerle compañía al perro, que como ya dije, estaba llegando al final de su vida.
En una de esas noches, agarré la correa para darle su paseada diaria (a esta altura, solo salía una vez al día y había que cargarlo para bajar y subir las escaleras) y vi en sus ojos que esta sería su ultima paseada.
Lo lleve sin correa, dejando que el caminase a su ritmo, hasta que se detuvo frente a la entrada del zaguán. Alguien había pintado un grafiti en la pared, retratando a una mujer de piel azul y un pelo dorado largo y arremolinado, que casi parecía una corona de alguna deidad hindú.
Desde aquella mañana milagrosa, en donde Sid había tenido su recuperación repentina, yo había ignorado (e incluso evitado) ese pasillo en donde incluso en verano, reinaba el otoño.
Fue en ese momento, cuando ambos mirábamos desde lejos a la puerta de roble al final del pasillo, que el hechizo se disipó, y luego de años volví a caminar por aquel zaguán alfombrado con hojas secas. Lo miré a Sid, y el me miro a mi, y los dos supimos que era hora de llegar al otro lado.
Con marcha solemne, nos dirigimos al final del pasillo mientras pateábamos las hojas secas y nos acercábamos al final del trayecto. Al llegar a la puerta, toque tres veces de forma fuerte y espaciada, y el picaporte giro al poco rato.
Lo que me recibió al otro lado del umbral no fue la anciana que me esperaba, sino una mujer joven, de pelo rubio casi blanco, ojos color esmeralda y una piel pálida como el mármol que era recorrida por un entramado de venas azules que se notaban en su totalidad gracias a la ausencia total de ropa. A su espalda un paisaje boscoso se extendía bajo un velo nocturno, en donde varios seres que se escapaban a mi vista se paseaban con libertad.
Cuando ella me miró a mi, y luego al viejo border collie que se encontraba al lado mío, supe que era el momento de despedirme.
Me arrodille junto a el, sostuve su cabeza con mis manos y le plante un largo beso en la frente. Le agradecí todos los momentos que me había regalado y luego de decirle que lo amaba, sentí como la garganta se me secaba y unas tibias lágrimas corrían por mis mejillas. El me lamio la cara mientras movía la cola, antes de alejarse al bosque eterno.
No sé cuánto tiempo estuve arrodillado mientras sollozaba, con mi rostro escondido entre mis manos, pero en un momento sentí una mano delicada en mi hombro y al levantar la mirada, la vi a ella contemplándome con compasión. Me dijo con un susurro similar a una brisa, que podría pasar a ver a Sid (aunque ella usó otro nombre) cuando yo estuviese por llegar al último de mis días.
Me afirmo que no tendría que esperar demasiado. Luego de decir esto, me ayudo a levantarme y me escolto a la calle.
Pasaron los años, el barrio cambió y yo me mude con mi mujer de nuevo a Belgrano, no lejos de mi antigua casa en donde pase mi infancia y adolescencia.
Cuando yo estaba por llegar a los cuarenta, me diagnosticaron cáncer intestinal. La doctora fue honesta conmigo y me dijo que incluso con quimioterapia (que costaría una fortuna), las posibilidades de que yo viviera para fin de año eran pocas. Me dijo que lo que mejor que podía hacer es poner mis asuntos en orden, empezar terapia si es que lo encontraba necesario, y ocupar el tiempo que me quedaba con mis seres queridos. Le agradecí por su sinceridad y le dije que eso es justamente lo que haría.
En el camino de vuelta a casa, empecé a ensayar lo que le diría a Vanina, mi mujer, cuando sin darme cuenta me encontré ante el umbral del zaguán de la calle Olazabal.
Con una sonrisa, y sin sentir el peso de la muerte sobre mis hombros, me dirigí a la puerta al final del pasillo, aquella que siempre tiene una luz encendida a través de una ventanita y es precedida por un ejército de hojas secas.
Golpee tres veces la vieja puerta de roble, y lo que me recibió al otro lado del umbral no fue ni una anciana ni una joven con cabello ceniciento: lo que se encontraba ante mi era aquel ser que me llevo al éxtasis aquella noche que era de otoño/verano. Con un movimiento grácil de su brazo de lapislázuli, me invito a que pasara a su bosque eterno.
Esta vez el sol estaba presente, pero se estaba ocultando entre la arboleda sin fin que conformaba el horizonte, empapando todo de un naranja cálido. A medida que me guiaba por senderos invisibles, descubría animales que creía extintos y otros que jamás hubiese imaginado que existieran: un grupo de dodos correteaban por entre las raíces de un sauce. Un tigre de Tasmania se rascaba la parte trasera de su oreja arriba de una roca. Una ave de fuego sobrevolaba por arriba de nuestras cabezas, y una manada de caballos alados se refrescaban en un arrollo. Vi a una criatura espeluznante con cara de hombre (aunque sus dientes no eran nada humanos), con cuerpo de león y cola de escorpión, acechándome desde la copa de los arboles, pero con un silbido mi anfitriona lo convenció de que me dejase en paz.
Al llegar a un claro entre el medio de la arboleda, un border collie disfrutaba de los últimos rayos de sol. Cuando grite su nombre, se le irguieron las orejas, me miro y se dirigió corriendo hacia mi, con esa cara de felicidad que solo son capaces de tener los perros.
Mientras lo abrazaba, no pude evitar pensar que una muerte temprana no era un mal precio a pagar, si esto es el resultado.
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